lunes, 21 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 32)

✤ Capítulo 32. Una Deritah y una Joanita ✤
―¿Has pensado en si quieres ser mamá algún día?―me pregunto la Joana de cinco años tumbada en la húmeda hierba de nuestro paraíso secreto.

―¿Para eso hay que besar a los chicos no?―respondí yo mientras masticaba un trozo de regaliz de palo.
―Sí, que asco.
―¡Puaj!
El silencio del bosque nos acompañaba en nuestros pensamientos infantiles.
―Bueno, vale. Pero si pudiésemos tener niños sin tener que besar a los chicos. ¿Te gustaría?―insistió Joana.
―Sí. Entonces sí.
―¿Y qué preferirías: niño o niña?
―Niña.
Los pájaros volaban alto entre las copas de los árboles y de vez en cuando alguno bajaba a beber agua del pequeño lago.
―¿Y cómo las llamarías?―volvió con sus preguntas mientras jugaba con una piedra en sus pequeñas manos.
―Yolanda, Rosa, María, Ana. Mis dos abuelitas se llaman Iginia y Virginia. También me gustan esos nombres―respondí sin dejar de mordisquear mi regaliz.
―Pues mis dos abuelitas se llamaban Consu y Angus, pero también me gustan los nombres abreviados como Tina y Vane. Y hay un nombre que escuché hace poco que también me ha gustado: Dami.
―¡Pero tendremos que tener muchas hijas para poder usarlos todos!―dije asustada.
―¡Puaj!―respondió mi amiga.
El sol empezaba a esconderse y sin muchas ganas decidimos que ya era hora de volver a casa, si no mi madre se enfadaría mucho.

domingo, 20 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 31)

✤ Capítulo 31. ¿Y esto? ✤
Nos despertamos con el sol esa mañana. Antonio había puesto ya la cafetera para los dos y estaba recogiendo las pocas pertenencias que había sacado de su maleta para empezar a preparar la vuelta a casa.

Desde la cama miraba su cuerpo, tapado solo con unos calzoncillos negros, moverse y agacharse para volver a incorporarse. No podía decir que fuese un hombre delgado. Era robusto y fuerte y los músculos de su abdomen se ponían duros dependiendo del movimiento que realizaba. Me sentía la mujer más afortunada del mundo al saber que todo eso era mío y lo había saboreado de todas las maneras, y más aún, si pensaba en que seguiría haciéndolo sin descanso.
―¿Qué miras?―me dijo sacándome de mi trance.
―A mi hombre―respondí gruñendo.
―Eso no es justo. Pues ahora me toca a mí mirar―dijo sentándose en la cama e invitándome a levantarme.
Sólo llevaba puestas unas braguitas y me incorporé para ponerme a andar de espaldas meneando el culo a conciencia. Cuando llegué a los pequeños cajones del armario del baño me agache lentamente sin dejar de contonearme.
―Grrrrrr―escuché a mi espalda―.Ahora de frente―. Me indicó.
Me di la vuelta y volví sobre mis pasos pasando los dedos por mis pezones y sonriendo.
―¿Pero dónde ha estado esta Derah viciosa todo este tiempo?―preguntó cogiéndome por la cintura cuando ya había llegado a su altura.
―No sé…
Su lengua empezó un recorrido húmedo por mi ombligo mientras sus manos bajaban poco a poco mi ropa interior. La cafetera empezó a hacer el típico ruido que anunciaba que el café estaba listo.
―La apagaré y lo tomaremos luego. Tú espérame en la cama sin moverte.
Se levantó dejándome a mí el espacio para tumbarme y fue a apagar el fuego.
―¿Quedan funditas para el pequeño Toni?―preguntó señalándose sus partes íntimas y guiñándome un ojo.
―Creo que las guardé ya en mi maleta, pero todavía está abierta―respondí.
De nuevo todo el trasero espectacular de Antonio llenó mi mirada mientras rebuscaba dentro de mi maleta. 
―¿Y esto?―preguntó dándose la vuelta con cara divertida.
Sentí mis mejillas arder y deseé que la tierra me tragara. Antonio estaba de pie mirándome teniendo en su mano mi vibrador lila.
―¡Joder con la italianita! ¿Algo más que deba saber?
No sabía dónde meterme y a la vez no podía esconder la risa vergonzosa que salía sin mi permiso de mi boca. Antonio dejó el aparato sobre la mesa y se acercó de nuevo a mí.
―Eres una caja de sorpresas, mocosa―me dijo dejando escapar su aliento sobre mis rodillas y subiendo poco a poco entre besos y mordiscos por mis muslos.
Sin pronunciar más palabras empezamos nuestra danza íntima. Como siempre el tiempo y el espacio dejaban de existir cuando nos convertíamos en una sola persona. Dentro de mí, empujando suavemente y moviendo su pelvis con dulzura al compás de la mía, yo iba notando ese calor reconfortante que empezaba a subir de intensidad anunciándome que pronto estallaría atrapando con espasmos su miembro hinchado.
De repente Antonio paró en seco.
―¿Qué sucede?―pregunté a punto de explotar.
―Brrrrrr…. Brrrrrrr…. Brrrrrrrr…―respondió acompañando ese sonido con un movimiento que intentaba imitar al de un vibrador.
―Idiota…
Fue lo último que logré decir antes de sentir en todo mi cuerpo el calor de mi orgasmo que dio paso al estallido de mi hombre vibrante.
Al poco rato salimos de la caravana para despedirnos de Joana y Jorge. 
―Podríais quedaros a comer y luego iros―me decía Joana con la mirada casi implorante.
―Es mejor que nos vayamos después de desayunar, cielo. Yo tengo que ir con la caravana y tu hermano con su coche. Dejar luego la caravana en la tienda para que me acerque a nuestro piso. Deshacer el equipaje, poner lavadoras y después llevarme algo ya para casa de tu hermano. 
―Es que se me está haciendo un nudo en el estómago…
―¿Nos vamos a dar un paseo por la playa antes de que me vaya? Tú y yo solas.
―Sí.
Les dijimos a ellos que íbamos a dar un paseo y que enseguida volveríamos. Atravesamos lo que iba a ser nuestra última vez juntas la frontera de la realidad y nos descalzamos para sentir la arena en nuestros pies.
―Ha sido la mejor semana de mi vida, Joana―le dije buscando su meñique para atraparlo con el mío.
―Ha sido mucho más que una semana. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien y tan ligera.
―Fue una buena idea ir en busca de ese algo. Creo que tú lo encontraste y yo tuve que venir hasta aquí para darme cuenta de que lo tenía ante mis narices.
―Mi hermano está como nunca. Lo haces muy feliz y te ama con locura.
―Lo sé. Yo también lo amo a él.
―¿Sabes? No me preocupa que la historia con Jorge no funcione. Voy a aprovechar cada minuto que venga como si fuese el último. Ya ni siquiera recuerdo otros momentos. Es como si fuese mi primer amor.
―Y lo es. Es tu primer amor verdadero y correspondido. Y no pienses en la posibilidad de que no funcione. Yo sé que va a funcionar.
―¿Sí, verdad?
―Por supuesto―respondí apretando mi meñique.
―Cuando seamos mamás y tengamos a nuestras niñas, tendremos que volver aquí y hacerles sentir a ellas lo que hemos sentido nosotras.
―Prometido.
―Prometido.
No hicimos que durara mucho la despedida, al fin y al cabo sólo era temporal y sólo nos iba a traer buenos momentos a cada uno de los cuatro. Estaba segura de ello. Todos sabíamos que necesitábamos espacio para crecer como parejas.
Siguiendo al coche de Antonio saludé con la mano a mi mejor amiga y a Jorge y, una vez en la carretera, sólo deseaba llegar a casa para volver a tener a mi lado a Antonio para siempre.

sábado, 19 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 30)

✤ Capítulo 30. Los amantes perfectos ✤
―Pues a mí me llama la atención―le dije a Joana mirando por el balcón la nueva tienda que habían abierto en frente de nuestro edificio.

―Y a mí―respondió poniéndose a mi lado.

Hacía más de un mes que habían empezado las obras en uno de los locales que teníamos en frente, y hasta hacía pocos días no supimos de qué iban a poner la tienda. Cuando vimos el letrero, una tarde de esa semana, fue como dar el tiro de salida a incontrolables comentarios que nos producían risas por las situaciones que imaginábamos cuando nos daba fuerte por ello.
―¿Bajamos a ver cómo es?―preguntó Joana.
―¡Joder! ¡Pensaba que no lo dirías nunca!
―¿Y por qué no lo dices tú?
―No sé…
Negando con la cabeza y diciéndome con la mirada que yo no tenía remedio, nos vestimos con lo primero que pillamos.
―¿Nos ponemos gafas para ir de incógnito?―pregunté bromeando.
Cerramos la puerta y nos dirigimos a la tienda. Desde fuera era imposible ver lo que había dentro. La puerta estaba adornada con luces de neón rojas y azules que no paraban de encenderse y apagarse. El letrero tampoco era lo que se podía decir discreto, sobre todo porque en él, las luces eran doradas e iban de un lado a otro haciendo un recorrido en forma de una x enorme.
Nada más entrar nos dio la bienvenida un pene grandioso que ya nos arrancó la primera carcajada.
―Ufff… vamos a controlarnos o acabarán echándonos―dijo Joana tapándose la boca como una niña pequeña.
Para entrar al local teníamos que rodear ese pene infinito y lo hicimos mirando hacia arriba donde descubrimos una fuente de colores que salía de la punta. Queda de más decir que yo también tuve que taparme la boca ante el descubrimiento.
El lugar estaba medio a oscuras puesto que las luces que lo alumbraban eran de neón. Tras haber superado la montaña masculina, nos esperaban otras puertas, éstas de cristal. 
―Buenas tardes―nos dijo la señora que estaba tras el mostrador―. ¿Puedo ayudarlas en algo?
―No, gracias, por ahora sólo estamos mirando―dije educadamente.
A nuestra derecha había una estantería bien iluminada en la que se veían expuestos, en la parte de arriba, diferentes aparatos destinados claramente a las mujeres y en la de abajo, a los hombres. Los ojos como platos de Joana eran seguramente el reflejo de los míos propios.
―¡Joder nena! Yo me encuentro con esto y salgo pitando―dije señalando un pene verde tan largo como mi antebrazo.
Mi amiga se había quedado mirando otro y parecía que no pudiese apartar la mirada de él, por lo que con mis ojos seguí su mirada y entendí su asombro.
―¿Esto qué es? ¿Un coche-pene de feria o una pene-batidora?―susurré a su oído.
De nuevo las carcajadas salieron de nuestras bocas sin poder controlarlas. El aparato en cuestión estaba hecho con lo que parecía látex transparente y por eso se veía por dentro algo parecido a un hierro enroscado junto a unas bombillitas y en la base una especie de antenita redondeada.
―Perdone―dijo Joana ya más calmada y dirigiéndose a la señora de antes―. ¿Nos puede enseñar cómo funciona esto?
La mujer se nos acercó con dos pilas en la mano que insertó en el aparato una vez lo hubo sacado de la caja.
―Es lo último que nos ha llegado. Tiene cinco velocidades y este saliente es para el clítoris―. Nos informó poniéndolo en marcha.
El hierro del interior empezó a dar vueltas moviendo de manera circular el pene transparente y las bombillitas a encenderse mientras el masajeador de clítoris empezaba a vibrar produciendo un ruido parecido a un ronroneo. Tanto el ruido como el hierro cogieron intensidad al cambiar la señora las diferentes velocidades. 
No pudimos contenernos. Fue inevitable, y casi con lágrimas en los ojos nos disculpamos ante la mujer que también nos miraba divertida.
―No pasa nada. No hay de qué disculparse. ¿Es la primera vez que visitáis un sex-shop?
―Sí―dijimos al unísono.
―Pues os puedo enseñar muchas cosas, si queréis.
La verdad es que el tour improvisado por el local nos pareció muy entretenido y divertido, pues la mujer era muy amable y tenía una enorme paciencia. Casi tanto como el pene de la entrada. Había vaginas de colores, pechos enormes de un tacto increíblemente parecido a la piel humana, muñecas hinchables perfectas, bolas chinas de colorines…
―Oye, pues yo estoy como un poco… ya sabes―me dijo Joana en un momento que nos quedamos solas.
―Yo estoy pensando en llevarme el de color lila que nos ha enseñado hace un momento.
―A mí me gusta más el azul con el masajeador clitoriano―me informó riendo de nuevo.
Al final dimos un buen repaso a nuestras tarjetas de crédito una vez más y nos volvimos a casa. Las dos nos sentamos en el sofá con nuestras nuevas adquisiciones y les pusimos las pilas haciéndolas vibrar en nuestras manos. 
―Si te digo que me muero de ganas por probarlo… 
―Yo estoy igual…
―Si alguien nos viera ahora con esto en la mano aquí sentadas y hablando de probarlo inmediatamente nos catalogarían de viciosas.
―Que les den. Te veo en un rato―dijo Joana levantándose y cerrando la puerta de su cuarto.
Yo no tardé ni medio segundo en hacer lo mismo.
Después de un rato, en mi cama y con un cigarro en la mano, cogí mi móvil para mandarle un mensaje de texto a mi amiga que estaba al otro lado de la pared.
“Creo que acabo de enamorame”
En cuestión de segundos me llegó la respuesta.
“Yo le he pedido que se case conmigo. He encontrado al amante perfecto”
Las carcajadas de las dos atravesaron la pared.
Esa noche no cenamos. Ninguna de las dos volvió a salir de su habitación porque nos habíamos quedado completamente dormidas.

viernes, 18 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 29)

✤ Capítulo 29. Algodón de azúcar ✤
Comimos muy tarde porque el vermut había sido muy copioso y además el cava a esas horas nos había achispado a los cuatro, y sin recoger nada no fuimos antes a bañarnos a la playa. Tanto Jorge como Antonio decidieron quedarse un poco más y disfrutar del mar y la arena mientras nosotras nos ofrecimos a ir a las caravanas y hacer una comida a base de tapers descongelados.

―Entonces mañana os vais ya―dijo Joana con cierto tono de tristeza.
―Sí. Me da pena y a la vez estoy ilusionada.
―Si os quedarais unos días más, conoceríais a los hijos de Jorge.
Los platos que yo estaba poniendo sobre la mesa se quedaron suspendidos en el aire por la parálisis temporal de mis brazos ante la sorpresa.
―¿Los hijos?―pregunté sin todavía moverme.
―Anda, siéntate un momento que te pongo al día. Es que hemos tenido tan poco tiempo a solas tú y yo… Además, cuando lo teníamos siempre se me olvidaba comentarte este pequeño detalle―dijo divertida.
―Si no fuera porque me muero de ganas de saberlo, te juro que te mataba.
―¿No te has preguntado por qué está solo en el camping?
―Pues la verdad es que sí, pero no se lo iba a preguntar a él y si tú no tenías curiosidad…
―¡Ay! La Derah de siempre… que por no meter la pata no pregunta y se queda con las ganas.
―¿Qué eres mi madre ahora?―dije sonriendo por el tono con el que había dicho la frase.
―Está divorciado y tiene dos hijos. De nueve y once años. Se casó muy joven y tuvieron los niños pronto. La cosa no funcionó, de hecho, según él, dejó de funcionar antes de empezar, pero se dieron cuenta demasiado tarde. 
―¡Joder! Y tan demasiado… les dio tiempo a tener dos niños mientras se daban cuenta―dije sin poder remediarlo.
―Él quería dejarla antes del segundo niño, y de hecho se separaron un tiempo, pero ella no lo dejaba vivir su vida. Lo llamaba, lo atormentaba con sus llantos… ¿Te suena?
―Sí. Algo me suena―respondí recordando las insistencias de Daniel con Joana.
―Pues hace ya un año pidió el divorcio y no ha sido uno de los fáciles. Entró en una especie de depresión en la que por lo visto sufrió mucho, y este verano decidió darse un respiro para intentar empezar de cero lejos de todo.
―Está visto que el destino al fin y al cabo sabe lo que hace.
―Es un buen hombre, Derah. Quiere mucho a sus hijos. Me habla de ellos de una forma que queda claro, y yo me siento muy orgullosa de que quiera que me quede para conocerlos.
―¿Pero no estás nerviosa? Al fin y al cabo vas a convivir con ellos. Yo estaría hecha un flan.
―Claro que estoy nerviosa, pero si quiero intentar una vida con él, y él conmigo, es un paso que antes o después habrá que dar. Lo hemos hablado mucho antes de tomar la decisión, y desde luego, creemos que si superamos esto, tendremos una parte del camino, una parte muy grande, recorrida. Ya sé que la cosa va muy de prisa, y probablemente en otras circunstancias me pensaría más todo, pero está pasando así y yo no tengo intención de poner freno. Si he de estamparme más tarde, pues me estamparé. 
―¿Y ellos ya lo saben?
―Sí. La noche en la que nos llevamos el portátil a nuestra caravana me los presentó por Skype. Les explicó cómo estaban las cosas y luego hablamos un buen rato.
―¿Cuándo pensabas contármelo, pecosa?
―Cuando llegara el momento oportuno, y parece que llegó ahora―respondió sonriendo.
―¿Te hace feliz?
―Mucho, Derah.
―Pues no hay más que hablar. Pero prométeme que me mantendrás informada de todo.
―Trae aquí tu meñique―dijo ofreciéndome el suyo.
Los juntamos una vez más y nos prometimos tenernos al corriente de todo mutuamente.
Después de arrasar literalmente con todo lo que habíamos puesto en la mesa, como cada tarde, nos entraron las ganas de acostarnos y descansar la comida durmiendo. No le conté nada a Antonio, pues pensé que era algo que debía hacer Joana cuando a ella le pareciese oportuno, así que nuestra siesta vino después de una charla sobre otros temas.
―¡No!―dije agarrando a Antonio por la cintura cuando me despertaron sus movimientos al intentar levantarse.
Aún teniéndolo de espaldas, me imaginé su sonrisa asomando por entremedio de la perilla negra que le tapaba esos hoyuelos que me volvían loca. Volvió a tumbarse a mi lado y yo aproveché para hundirme en su pecho.
―Si vamos a ir al pueblo para ver la feria habrá que arreglarse un poco―me dijo mientras acariciaba una de mis mejillas.
―Sólo un ratito más. Es nuestra última tarde aquí.
―Pero seguiremos juntos mañana.
―Sí, pero el espacio será más grande y podrás esconderte de mí.
―¿Irás todo el día medio desnuda también en casa?―preguntó pellizcándome un cachete.
―Sí. Será una norma. Para los dos―respondí sonriendo.
―Puede ser peligroso.
―O cómodo. Según como se mire.
―¿Cómodo en el sentido de libertad?
―No. Cómodo para hacer guarrerías a todas horas.
―Creo que ha llegado el momento de decirte que no soy rico. Si te has propuesto matarme a base de sexo, deberías saber que no hay herencia.
―¿No? Entonces puedes levantarte―dije empujándolo suavemente.
Después de unos cuantos flirteos tontos más, al final nos levantamos y nos fuimos a arreglar. Ninguno de los cuatro tenía hambre, así que pensamos que en el pueblo ya encontraríamos algún lugar para cenar algo. 
Nos fue un poco difícil encontrar aparcamiento. Aparte del hecho de que no conocíamos bien el lugar, muchas calles estaban cortadas debido a la fiesta mayor y al final tuvimos que dejar el coche en un estacionamiento improvisado y de pago. 
Todavía no era del todo de noche, pero las luces de la feria ya alumbraban las calles, que a su vez estaban animadas con diferentes músicas procedentes de las atracciones.
―¿Nos montamos en eso?―dije señalando una especie de centrifugadora de personas enorme.
―¿Estás loca?―me miró con ojos como platos Antonio.
―¡Pero si es divertido!―refunfuñé.
―Es que a ella le gusta dar vueltas―anunció Joana.
―Venga va, vayamos los cuatro―propuso Jorge.
La atracción no parecía gran cosa, pero al sentarnos y asegurar nuestros cuerpos con los hierros que bajaban y nos dejaban atrapados sin casi poder movernos, los cuatro nos dimos cuenta de que eso iba a coger velocidad. El aparato empezó flojo pero poco a poco fue cogiendo impulso y nosotros a girar como locos atrapados en las sillas. Yo no podía dejar de reír al mirar los ojos de Antonio que parecían decirme “te voy a matar”. Joana gritaba como una loca y Jorge tenía los ojos cerrados. Cuando bajamos, nos costó un poco caminar rectos.
―Nunca más―dijo Antonio que había perdido todo el moreno de su piel y ahora parecía un fantasma.
Yo no podía parar de reír y me reí todavía más cuando vi a Joana aparecer con dos palos con el algodón de azúcar más grande que había visto en mi vida.
―Toma―me dijo ofreciéndome uno―, para que estés ocupada y no tengas ganas de subirte a nada más.
Más tarde, sentados en una de las terrazas que daban a la playa, charlamos animadamente mientras comíamos unas tapas que entraban solas junto a las cervezas frías.
―¿Tomamos el café en el camping?―preguntó Jorge.
Asentimos y nos fuimos en busca del coche. Una vez de nuevo sentados, pero esta vez frente a los cafés humeantes, dejamos que la noche continuara hasta que el sueño y el cansancio poco a poco se fueron apoderando de nosotros.

jueves, 17 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 28)

✤ Capítulo 28. El cuadro ✤
Nuestro piso había quedado perfecto. Nos habíamos gastado más de lo que teníamos, gracias a las tarjetas de crédito, en un sofá nuevo, en decoraciones, utensilios de cocina y colchas a juego con las cortinas de nuestro cuarto. En el comedor, en vez de visillos u otras telas, decidimos poner persianas de oficina que llegaban hasta el suelo. Perfecto. Esa era la palabra que me venía a la mente cada vez que volvía después del trabajo.

Además, los olores entremezclados de nuestros propios perfumes y a nosotras mismas, me daban una sensación de llegar realmente a casa. Sólo habíamos dejado algunos huecos en las paredes para llenarlos con mis dibujos que ya elegiríamos más adelante. Bueno, un solo hueco sí lo habíamos llenado.
Como no teníamos suficiente dinero para comprarnos una televisión decente, nos llevamos de nuestros cuartos de la infancia las pequeñas que teníamos y las habíamos puesto en las habitaciones, así cuando decidiéramos ver una película juntas, lo podríamos hacer en una de las dos. Por lo tanto, el hueco de enfrente del sofá quedaba desierto.
La sorpresa me la dio Joana una de las tardes en que ella plegó antes y yo llegué más tarde. Abrí la puerta como siempre y pensando en ir a tumbarme al sofá para descansar los pies que habían estado corriendo detrás de niños llenos de energía durante todo el día.
―¿Hola?―pregunté al tiempo que cerraba la puerta.
―¡Hola, Derah!―exclamó desde el sofá Joana―. ¡Ven! ¡Corre!
Sólo me faltaba correr un poco más ese día, pero me apresuré a ir al lado de mi amiga.
―¿Qué pasa?―le pregunté de pie frente a ella.
―Siéntate y mira la mejor película de todos los tiempos.
Mientras me sentaba me preguntaba qué era lo que se habría tomado mi amiga, sabiendo que no teníamos televisión en el comedor, pero la repuesta la obtuve sin preguntar nada en el momento de sentarme y mirar la pared.
Ahí estaba mi dibujo de nuestro paraíso. Enmarcado como el más caro de los cuadros de un gran artista y llenando un espacio que parecía completar el puzle.
―¡Oh!―logré decir simplemente.
―¿Oh?―repitió con otro tono mi amiga.
―Quiero decir… es… es perfecto. No sé qué decirte. Gracias.
La risa de Joana inundo el comedor.
―¿Gracias?―preguntó sin dejar de reír―. Gracias a ti en todo caso. Llevo más de una hora aquí sentada viviendo aventuras con sólo mirar este cuadro.
―Me vas a hacer llorar, tonta…
No fue hasta después de unos días que me vino la inspiración y una idea que no dejaba de taladrarme la cabeza, pero necesitaba que Joana no estuviese en casa para poder llevarla a cabo y esa oportunidad llegó unas semanas después cuando yo disfrutaba de uno de esos días festivos que los colegios se cogían de manera libre.
En cuanto escuché la puerta del piso cerrarse, signo inequívoco de que Joana no volvería hasta por lo menos la hora de comer, cogí mis lápices y unas cuantas hojas en blanco, de las grandes, y me puse en el suelo del comedor a dibujar lo que no dejaba de aparecer en mi mente en los últimos días.
No me hacía falta tener a Joana en frente para saber qué y cómo dibujar. Lo que quería plasmar me lo conocía al detalle, lo tenía incrustado en el corazón desde hacía tantos años que me era imposible no poder dibujarlo.
Ni siquiera fueron necesarias más hojas, con la primera me bastó. Levanté el dibujo para verlo mejor y hacer unos retoques y luego lo puse sobre el sofá para verlo de lejos. No era normal en mí, pero no le encontré ningún fallo. Me pareció perfecto.
Como no tenía tiempo suficiente para enmarcarlo, decidí dibujar en los bordes yo misma algo que le diera ese efecto y hasta eso me pareció que había quedado estupendamente. De lo que sí me había preocupado el día anterior era de comprar esa especie de goma azul que enganchaba en las paredes, si agujerear, casi cualquier cosa.
Entré en la habitación de Joana y lo puse en la pared de encima de su cama. Si luego ella lo quería cambiar de sitio, lo podría hacer sin problemas.
Lo cierto es que el día se me hizo eterno, pues estaba deseando que regresase mi amiga para ver su reacción y entender así si le gustaría mi regalo.
―¡Hola!―escuché a la vez que se cerraba la puerta―. ¿Hay alguien?
―Estoy en la cocina.
Como no había separación entre la cocina y el comedor, enseguida vi aparecer a Joana.
―Uff… se nota que llega el buen tiempo. Hace un calor… Voy a ducharme que estoy sudada como una cerdita.
―Vale.
Yo sabía que antes pasaría por su cuarto y vería el dibujo, así que me preparé para su grito, aunque al escucharlo pegué un bote igualmente.
―¡Aaaaaaaaaaaah! ¡Es preciosooooooooooooooo!
Una sonrisa apareció en mi cara a la vez que mi amiga me abrazaba por detrás todavía gritando.
―Me vas a dejar sorda. No es para tanto.
―¿Qué no es para tanto? ¡Son nuestros meñiques cruzados con todo detalle y en versión xxl! ¡Es un cuadro maravilloso!
―Me alegro de que te guste. 
―Ya le he puesto hasta nombre.
―¿Cuál?
―Se llamará “El cuadro”. Sin más―dijo abrazándome ahora por delante puesto que yo me había girado con una cebolla medio cortada en las manos―. ¡Puaj! Apestas, niña―añadió refiriéndose a la cebolla.
―Y tú más… y no exactamente a cebolla, maja. 
―¿Huelo muy mal?―preguntó levantando el brazo.
―¡Aparta eso de mí!―dije riendo sin poder controlarme.
―Vale. Me voy a duchar. Dejaré un poco de aroma a mi paso.
Al ver a mi amiga dirigirse al baño subiendo y bajando los brazos no pude hacer otra cosa que seguir riendo mientras empezaba a llorar por culpa de la cebolla.

miércoles, 16 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 27)

✤ Capítulo 27. Todo recto ✤
―Buenos días, mocosa.

―Mmmmm… ¿Cuándo tenga sesenta años seguirás llamándome mocosa?―pregunté mientras me desperezaba.
―Es que te pega a la perfección.
―Hay otras cosas que me pegan a la perfección―dije tocándole sus partes.
―Cambiaré mocosa por guarrilla si sigues así―respondió Antonio mordiéndome un pezón.
―¡Auuuu!
―Pues no provoques…
Me sentía en el cielo cada vez que despertaba con él a mi lado. Me parecía increíble haber sido tan tonta como para desperdiciar tanto tiempo con mis miedos y mis dudas. Esto era un sueño y cada día rogaba por no despertar jamás de él.
―He pensado en lo de ir a vivir juntos.
La expresión de la cara de Antonio cambió de brillante a oscura en unos segundos.
―No, no voy a huir. No he cambiado de idea―le informé acariciando su cara―. Me refería a cuál de los pisos ir.
―Por un momento…―dijo dejando la frase en el aire sin terminar.
No lo culpaba por haber pensado que ya no iba a querer ir a vivir con él. Estuve rehuyendo tanto tiempo mis propios sentimientos y los suyos, que era normal que temiera que hubiese pensado que volvería a hacerlo.
―He pensado que tú vives solo y el piso de tu hermana y mío es muy pequeño. Además sería un incordio para Joana ahora que también está pensando en seguir su relación después de las vacaciones. Creo que la mejor opción es que yo me vaya contigo.
Antonio dejó caer su cabeza sobre mi pecho desnudo sin pronunciar palabra y noté como su aliento salía por su boca como si lo hubiese retenido durante horas.
―¿Qué pasa?―pregunté hundiendo mis manos en su pelo y levantando su rostro hacia el mío.
―Es que me haces tan feliz… que no sé si voy a estallar, Derah.
Sabía perfectamente cómo se sentía porque yo notaba la misma sensación dentro de mi alma. Era como si un torbellino de sentimientos luchase por mantenerse quieto. Un nudo extraño en el estómago que subía por el pecho y estallaba en la garganta dejándola seca.
―¿Me perdonas, Antonio?
―¿Por qué debería perdonarte? No me has hecho nada―respondió jugando con mi trenza revuelta.
―Sí, sí lo hice, en su día. No quise ver ni reconocer cuánto te deseaba y quería. Debí hacerte mucho daño.
―Pero no era un daño por no quererme. Era un daño triste porque sabía que me querías. Pero te conozco, Derah. Sólo tenía que esperar. Y eso hice.
―Gracias.
―No me des las gracias de palabra. Agradécemelo dejándome sentirte. Es lo único que deseo a cada momento.
No había otra posibilidad después de esas palabras. Y si la hubiese habido, yo la habría descartado. Nos unimos una vez más aunque para mí siempre era la primera vez. 
Descubría en cada ocasión algo nuevo dentro de mí así como en Antonio. Nuevas caricias, nuevos rincones, nuevos sabores… la misma boca con otros besos, los mismos ojos con otra mirada, las mismas manos, que hacía unas horas habían recorrido mi piel produciéndome escalofríos a su paso, en ese momento me hacían sentir otras sensaciones. Había tanto por descubrir en ambos mundos que pensaba que nunca podríamos terminar nuestra búsqueda privada. 
Una palabra encendía una hoguera, una mirada ponía en marcha la imaginación, un susurro evocaba el deseo, un gemido despertaba el hambre. Sí. Eso era exactamente. Estábamos hambrientos el uno del otro, y la única manera de saciar ese hambre era la de devorarnos mutuamente. Y lo estábamos haciendo.
Salimos de la caravana, de nuestro mundo privado, para desayunar con Joana y Jorge, pero encontramos una nota de mi amiga informándonos de que habían ido a comprar unas cosas que íbamos a necesitar esa mañana. Intrigados, nos sentamos a desayunar solos y nos sorprendimos con el hecho de que no hacía falta hablar entre nosotros para comprender lo que sentíamos a cada momento.
―¡Hola, parejita!―dijo Joana al llegar a nuestro lado―. Llevo saludándoos desde la esquina y no os habéis enterado.
―Hola, hermanita. Hola, Jorge.
―Buenas―dijo éste dejando unas bolsas dentro de su caravana.
―Creo que hoy toca mudanza ¿no?―pregunté refiriéndome a nuestra inminente marcha y al cambio de planes con respecto a Joana.
―Sí―respondió mi amiga con una sonrisa tonta en los labios.
Tras recoger todos lo que habíamos sacado Antonio y yo para desayunar, que no era poco debido a nuestro ritmo sexual de las últimas horas, empezamos a cambiar de sitio las cosas de Joana.
―Esto me suena―dije mientras sacaba sus pertenencias de uno de los cajones.
―Sí. Pero esta vez en vez de todo recto y a la derecha, simplemente es todo recto―añadió ella sonriendo.
―Cuando llegue a nuestro piso, yo haré lo mismo con mis cosas para ir al piso de tu hermano―la informé.
―Te echaré de menos, pero no mucho―sonrió―. Puedes llevártelo todo menos el cuadro. Ese no, por favor.
―No tenía pensado llevármelo. Ese debe quedarse ahí, y en el caso de que sienta la necesidad de tenerlo conmigo, haré otro igual.
―Ven aquí y abrázame, Derah.
No me lo pensé ni un solo segundo y me fundí en algo mucho más intenso que un simple abrazo entre amigas. Volví a tener cinco años y a sentir ese aroma inconfundible a dulce que desprendía mi amiga. 
―Te quiero―me dijo susurrándome al oído.
―Te quiero―repetí ahogando las lágrimas.
―Joder, ya estamos… Esto es como retroceder en el tiempo―dijo Antonio entrando en la caravana.
Las dos nos echamos encima de él al mismo tiempo para abrazarlo mientras él intentaba escapar falsamente de nuestros brazos.
Salimos fuera donde Jorge estaba colocando el portátil, que en algún momento de estos días debió salir de mi caravana para ir a la suya, en la mesa de su parcela. Las cosas de Joana ya estaban todas en la caravana de enfrente listas para ser ordenadas, pero tanto ella como su pareja nos dijeron que ya lo harían ellos más tarde porque ahora íbamos a hacer algo más importante.
Antonio y yo no teníamos ni idea de a qué se referían, y menos aún comprendimos por qué estaban sacando unas copas de plástico de colores, una botella de cava a las doce del mediodía y unos platos que iban llenando de toda clase de picoteo digno de un vermut de lujo.
―¿Qué pasa?―pregunté curiosa y expectante.
Sin pronunciar palabra, Jorge giró el portátil de modo que la pantalla quedase expuesta hacia nosotros. Joana sirvió el cava burbujeante en las cuatro copas y nos ofreció una a cada uno, y una vez copas en mano, Jorge le dio a una tecla en el portátil a la vez que pronunciaba unas palabras.
―Queda oficialmente inaugurado el blog “Los trazos de una vida” de la artista Derah. ¡Salud!
En la pantalla del ordenador apareció mi blog junto con una música que describía a la perfección una vida entera, bueno dos, la de Joana y mía. Las imágenes de mis dibujos iban pasando lentamente con la voz de Robbie Williams cantando la maravillosa canción de “Feel”. 
Mi piel empezó a erizarse junto a un sentimiento de paz que me envolvía poco a poco.
―Unas palabras de la artista, por favor―dijo Joana alzando su copa hacia mí.
Sin esperarlo ni yo misma, y con la voz entrecortada, empecé a seguir la letra de la canción.
―I just wanna feel real love, feel the home that I live in. Because I got too much live running through my veins… (Sólo quiero sentir amor verdadero, sentir el hogar en el que vivo, porque tengo mucha vida corriendo por mis venas…)
La situación habría parecido de lo más patética a ojos de otras personas, pero mi voz rota por las lágrimas de felicidad sonó sincera y se notó que salía desde lo más profundo de mi ser. Ahogamos el momento en buenos tragos de cava y empezamos a picotear de un plato a otro hablando de todo un poco.
No hizo falta decir nada más sobre la inauguración privada de mis sueños ya compartidos. Todos habíamos entendido que de alguna manera estábamos unidos y sentíamos lo mismo en nuestro interior. Incluso a Jorge, que apenas nos conocía, se le veía completamente integrado en nuestro grupo y en nuestras vidas.
Si seguíamos llenando Joana y yo nuestras almas a ese ritmo, pronto tendríamos que pedir una prestada o crear otra.

martes, 15 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 26)

✤ Capítulo 26. Al fondo, a la derecha ✤
Por fin creíamos haber encontrado el piso perfecto para ir a vivir las dos juntas.Era un pisito con dos habitaciones, un baño y una cocina americana que compartía espacio con un pequeño y acogedor salón. En el precio estaban incluidos algunos enseres y un sofá que no estaba del todo mal. Con la promesa de comprar uno nuevo en cuanto tuviésemos algo más de dinero, así como de adornarlo a nuestro gusto y pintarlo, decidimos firmar el contrato dejando a los propietarios nuestros sueldos de dos meses entre unas cosas y otras.

Ese día habíamos decidido hacer la mudanza y no quisimos que nadie nos ayudara. Al tercer viaje con cajas entre los brazos y chorretones de sudor que bajaban por nuestros rostros, empezamos a estar algo cansadas.
―¿De quién fue la idea de no dejar que nadie nos ayudara?―pregunté dejando una caja en el suelo―. ¡Mierda! Sólo me faltaba esto―añadí contrariada al sentir el peso de la caja sobre uno de mis pies.
―Fue idea de las dos.
―¿Estás segura?
―Bueno, vale. Igual insistí yo un poco más, pero tú aceptaste.
―Seguramente para no oírte más.
―No seas quejica.
Seguimos con nuestra odisea de idas y vueltas y por fin subimos al piso la última caja.
―No he probado un sofá más cómodo―dije dejándome caer con los brazos y las piernas abiertas.
―No te acomodes mucho que todavía nos queda un buen rato. Sacar la ropa, hacer las camas, guardar la ropa, sacar más cosas…
―Lo que yo te diga. Con tal de no escucharte hago lo que sea.
Cuando ya se hizo de noche, teníamos todo más o menos colocado. Decidimos entonces cenar algo y fue cuando nos dimos cuenta de que no habíamos pensado en eso hasta ese momento.
―Pues yo no salgo a comprar ahora―dijo Joana.
―¡Ja! ¿No pensarás que lo voy a hacer yo no?
―Bueno, vale. Iremos las dos. ¿Pero dónde hay una tienda por aquí?
―Al fondo a la derecha.
―¿Al fondo a la derecha?
―Siempre hay algo al fondo a la derecha ¿no? Pues seguro que habrá una tienda también―respondí convencida.
―¿Lo estás diciendo en serio?
―Levanta el culo de la silla y vamos a buscar una tienda.
Bajamos de nuevo a la calle sin ni siquiera habernos mirado al espejo. Si lo hubiésemos hecho, nos habríamos dado cuenta de que nos hacía falta lavarnos la cara y peinarnos un poco.
―Estás horrible―me dijo Joana riéndose.
―¿Te has visto tú?―le respondí ya con la carcajada a punto de salir de mi garganta.
Al fondo a la derecha se convirtió en dos manzanas andando con los pies arrastrando y sin poder dejar de reír. Por fin llegamos a una tiendecita pequeña en la que parecía haber de todo. Una mujer muy amable, que no podía remediar mirar nuestras manchas negras en la cara, nos atendió rápidamente y volvimos a casa.
―Estoy reventada, Derah.
―Yo la verdad es que ya no tengo ni hambre.
De nuevo las carcajadas inundaron nuestras gargantas y el espacio que ahora se había convertido en nuestro hogar. Con una fuerza de voluntad que sacamos de no sé donde, finalmente nos pusimos manos a la obra para preparar la cena con lo que habíamos comprado: dos pizzas congeladas, patatas de bolsa, queso para partir a tacos y dos botellas de vino espumoso italiano muy fresco. Mientras cortábamos el queso nos lo íbamos comiendo, por lo que a la mesa no llegó. Las patatas también sucumbieron a nuestro apetito y la primera botella de vino tenía los minutos contados. Esperando a que las pizzas se cocinaran del todo en el horno, que por cierto y gracias a Dios, estaba limpio, nos fuimos a sentar al sofá con lo que quedaba del vino en nuestras copas.
―Me gusta mucho nuestro pisito―anunció Joana.
―Y lo mejor de todo es que no tenemos que hacer ni fiesta de inauguración. ¿A quién coño íbamos a invitar?
La risa de mi amiga le provocó una expulsión a propulsión del vino que tenía en ese momento en la boca.
―Oye, Derah―dijo cuando por fin recobró la compostura―. ¿Qué te parece si enmarcáramos alguno de tus dibujos y decoramos las paredes con ellos?
―Ufff… no sé. Me da vergüenza de que los vean...
―¿Y quién coño iba a verlos?
Esta vez fui yo la que soltó la carcajada, pero no desperdicié el vino.
―Se me está subiendo a la cabeza este espumoso italiano―me hizo saber mi amiga.
―Yo hace ya tiempo que tengo las neuronas algo apagadas y chispeantes. Es que no hemos comido casi nada y nos hemos metido una botella entera.
En silencio nos quedamos mirando las paredes vacías de nuestro nuevo hogar, supongo que cada una pensando en sus propias cosas y expectativas, que a causa del vino, sin duda eran fantásticas y maravillosas.
―Oye, ¿no hueles algo raro?―pregunté arrugando la nariz.
Joana hizo el mismo gesto.
―Sí. Huele como a quemado―asintió.
Ni dos segundos tardamos en saltar del sofá para ir corriendo a la cocina. El horno echaba humo por un lado y al abrirlo, ese pequeño hilo de humo se convirtió en una humareda gigantesca.
―Pues yo no bajo otra vez―dijo Joana.
―Nos queda otra de vino―anuncié yo.
―Pues eso.
―Pues eso.