jueves, 14 de septiembre de 2017

miércoles, 23 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 34 y último)

✤ Capítulo 34. 18 de Mayo 2013 ✤
La playa estaba tal y como la recordábamos. Era un precioso día de Mayo y el sol brillaba sobre nuestras cabezas. Habíamos dejado a Jorge y a Antonio con los últimos preparativos mientras nosotras nos fuimos a la playa traspasando la frontera de la realidad.
Mirábamos absortas el horizonte sin hablar. Solo disfrutábamos del paisaje que teníamos ante nuestros ojos como si fuera parte del dibujo de nuestro paraíso que tantas veces habíamos mirado como si fuera una película en pausa.
Pero esta vez la película estaba en movimiento. Dos niñas alegres e inocentes ante la vida, jugaban con las olas y hacían gestos extraños mientras pronunciaban palabras que parecían absurdas.
―¡Atrápalo! ¡Lánzale una poción mágica!
―¡No puedo! ¡Vuela muy alto! ¡Ahora! ¡Guárdalo en la caja de los tesoros! ¡Rápido!
El sonido de las olas no lograba ahogar sus fantasías que nos llegaban como cánticos al mismo centro de nuestras almas.
―¿No te recuerdan a alguien?―preguntó Joana sin dejar de mirarlas.
En vez de responder a su pregunta, deslicé mi mano por la arena cálida hasta encontrar un meñique preparado para entrecruzarse con el mío.
Tras unos minutos más de disfrutar de la visión, Joana y yo nos levantamos y nos sacudimos la arena.
―¡Deborah! ¡Janette! Ya es hora de volver―grité por encima de sus voces.
Las dos niñas vinieron corriendo y nos agarraron de las manos para ir juntas a las caravanas.
―¿Ya podré soplar las velas, mamá?―me preguntó Deborah mirándome con sus ojos grandes y expectantes.
―Sí, mamá. ¿Ya podremos pedir nuestro deseo?―preguntó también Janette mirando a Joana de la misma forma.
―A ver si papá ya lo tiene todo preparado―respondí―. ¡Corred! ¡A ver quién llega antes!
Sus pequeñas piernas parecían cortar el aire a su paso y llegaron a la vez frente a la mesa donde estaba todo preparado.
Antonio me sonrió al verme mientras cogía en brazos a nuestra hija.
―¿Encendemos las velas, mocosa?
―¡Ay, papá! Te he dicho muchas veces que no me llames así―refunfuñó Deborah.
Jorge llamó a sus dos hijos mayores para que viniesen también y Joana se puso al lado de los tres sonriendo.
Antonio bajó a nuestra hija y encendió las velas.
Deborah y Janette se prepararon para soplar, pues daba igual de cuál de ellas fuese el cumpleaños. Siempre soplaban las dos.
―A la de tres, hay que pedir un deseo―dijo Antonio encendiendo ya la última.
Los mofletes de ambas niñas se llenaron de aire y en un segundo se vaciaron apagándolas todas con los ojos cerrados y dejando volar los deseos en sus mentes.
Joana y yo nos miramos y tanto ella como yo supimos que no habíamos pedido ningún deseo. 
Con el alma llena y las mochilas vacías, ¿qué más podíamos desear?

martes, 22 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 33)

✤ Capítulo 33. Ahorremos agua ✤
Llegamos al piso de Joana y mío casi a la hora de comer y yo le dije a Antonio que mejor me quedaba yo sola para poner la lavadora con la ropa sucia y luego pondría alguna muda para pasar la noche en su casa.
―La mudanza seria podemos hacerla mañana o poco a poco cada día―le dije bajando del coche.
―Me parece bien. ¿A qué hora paso a recogerte?
Mirando esos ojos negros en los que podría perderme el resto de mi vida, volví a entrar en el coche.
―Que le den a la ropa sucia. Llévame a casa―sentencié cerrando la puerta.
Subimos los dos en silencio en el ascensor mientras jugábamos con nuestros dedos entrelazados.
―¿Quieres que te entre en brazos?―me preguntó Antonio al tiempo que introducía la llave.
―Quiero ahorrar agua.
―¿Ahorrar agua?
―Sí.
La disposición del piso de Antonio la conocía bien, pues ya había estado en él unas cuantas veces con Joana desde que se fue a vivir solo. Cogiéndole de la mano y besándolo casi a cada paso, lo estaba llevando al cuarto de baño. Las ideas corrían más rápido que mis dedos, pero aún así parecía que la ropa iba desapareciendo casi violentamente de nuestros cuerpos.
Apoyados en la puerta del baño, nos deleitamos una vez más con nuestras lenguas y nuestros labios. Abriéndolas, cerrándolas para morder un poco, volviéndolas a abrir y dejando pasar el deseo a través de ellas. Cuando mis manos llegaron a los pantalones ya desabrochados de Antonio, notaron su erección encendiendo un apetito incontrolable en medio de mis piernas.
Con una mano abrió el agua de la ducha y nos metimos dentro a la vez y sin dejar de tocarnos. El frío del primer momento no interrumpió nuestro desenfreno. Mis pezones ya duros por el roce de su piel contra ellos, se contrajeron todavía más cuando su boca aterrizó hambrienta sobre uno y otro sin descanso. Las manos resbalaban con facilidad sobre nuestra piel y eso nos ayudaba a no dejar ni un solo milímetro sin acariciar.
―Date la vuelta―me pidió con voz ronca.
Me di la vuelta y noté como el jabón frío empezaba a resbalar por mi espalda cuando una de sus manos paró el descenso para esparcirlo lentamente. Sus manos llenas de espuma pasaron entonces a mis pechos y yo aproveché para acercar mis nalgas y sentir su dureza. Empecé un suave movimiento contoneándome para masajear su excitación.
Una de sus manos empezó a bajar por mi vientre hasta que llegó a mi entrepierna. Tras jugar unos minutos por fuera, introdujo uno, dos y tres dedos en mi interior, sacando de ahí mismo un gemido ahogado por el agua que caía sobre mi boca abierta.
Me giré por la necesidad de verlo y tocarlo con mis dedos, con mi lengua, con mis labios. Me arrodillé mientras él apoyaba sus manos en la pared que quedaba a mi espalda y le demostré todo el deseo que sentía a través de mis embestidas que no saciaban mi hambre. Al contrario, cada vez tenía más.
―Vayamos a la cama, Derah―me susurro estando yo todavía de rodillas.
Sin preocuparnos de secarnos ni un poco, aterrizamos sobre su cama y seguimos nuestra particular batalla. Era un combate a muerte para ver quién deseaba más a quién. Sin el temor de ser escuchados por nadie, dejamos plena libertad a nuestros sentidos y eso se vio reflejado en nuestros gemidos.
Las bocas no se cerraban nunca, y cuando no estaban ocupadas la una con la otra, dejaban escapar sin vergüenza respiraciones sonoras y suspiros largos y guturales.
Ya no había rincón por descubrir en esta nueva batalla y sólo quedaba el combate final.
Antonio se puso sobre mí y yo levanté mis piernas para abrazarlo fuerte. Los movimientos empezaron a ser más intensos, empujando hasta donde nos fuera posible.
―Todavía no… todavía no…―parecía suplicar Antonio.
Salió de mi interior a tiempo de parar la mutua explosión. Bajamos la intensidad y disfrutamos de más besos y más caricias sin acercarnos ninguno de los dos a nuestros sexos ardientes. Primero en la boca mientras nuestras manos acariciaban ambas espaldas que seguían mojadas pero no por el agua de la ducha. Luego mis pechos entre sus dientes y su lengua dura y decidida que rodeaba mis pezones mientras yo me arqueaba sin dejar de ahogarme en gemidos. Después, su pecho, que latía desbocado, fue la presa de mis labios y de mis mordiscos.
A horcajadas sobre él acerqué mi pelvis a la suya y su erección buscó mi centro para perderse dentro. Despacio, a cámara lenta, empecé a subir y a bajar de ese lugar que se había vuelto mi hogar. Así, lentamente, sin variar el ritmo, aunque ambos cuerpos pedían más velocidad casi a gritos, estallamos los dos sin dejar de mirarnos.
Dejé caer mi cuerpo exhausto sobre Antonio sin dejarlo salir de mi interior. Eran nuestros corazones ahora los que batallaban uno contra el otro a la vez que las respiraciones luchaban por volver a su ritmo normal. 
Sus manos subieron por mi espalda provocándome escalofríos y llegaron a mi nuca. Luego cogió mi cara entre ambas y acercó su boca a la mía para besarme dulcemente pero todavía con algún vestigio de pasión. Cuando ya no nos quedaban ni fuerzas para seguir besándonos, aparto un poco mi cara y buscó mis ojos con su mirada.
―Bienvenida a casa, Derah.

lunes, 21 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 32)

✤ Capítulo 32. Una Deritah y una Joanita ✤
―¿Has pensado en si quieres ser mamá algún día?―me pregunto la Joana de cinco años tumbada en la húmeda hierba de nuestro paraíso secreto.

―¿Para eso hay que besar a los chicos no?―respondí yo mientras masticaba un trozo de regaliz de palo.
―Sí, que asco.
―¡Puaj!
El silencio del bosque nos acompañaba en nuestros pensamientos infantiles.
―Bueno, vale. Pero si pudiésemos tener niños sin tener que besar a los chicos. ¿Te gustaría?―insistió Joana.
―Sí. Entonces sí.
―¿Y qué preferirías: niño o niña?
―Niña.
Los pájaros volaban alto entre las copas de los árboles y de vez en cuando alguno bajaba a beber agua del pequeño lago.
―¿Y cómo las llamarías?―volvió con sus preguntas mientras jugaba con una piedra en sus pequeñas manos.
―Yolanda, Rosa, María, Ana. Mis dos abuelitas se llaman Iginia y Virginia. También me gustan esos nombres―respondí sin dejar de mordisquear mi regaliz.
―Pues mis dos abuelitas se llamaban Consu y Angus, pero también me gustan los nombres abreviados como Tina y Vane. Y hay un nombre que escuché hace poco que también me ha gustado: Dami.
―¡Pero tendremos que tener muchas hijas para poder usarlos todos!―dije asustada.
―¡Puaj!―respondió mi amiga.
El sol empezaba a esconderse y sin muchas ganas decidimos que ya era hora de volver a casa, si no mi madre se enfadaría mucho.

domingo, 20 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 31)

✤ Capítulo 31. ¿Y esto? ✤
Nos despertamos con el sol esa mañana. Antonio había puesto ya la cafetera para los dos y estaba recogiendo las pocas pertenencias que había sacado de su maleta para empezar a preparar la vuelta a casa.

Desde la cama miraba su cuerpo, tapado solo con unos calzoncillos negros, moverse y agacharse para volver a incorporarse. No podía decir que fuese un hombre delgado. Era robusto y fuerte y los músculos de su abdomen se ponían duros dependiendo del movimiento que realizaba. Me sentía la mujer más afortunada del mundo al saber que todo eso era mío y lo había saboreado de todas las maneras, y más aún, si pensaba en que seguiría haciéndolo sin descanso.
―¿Qué miras?―me dijo sacándome de mi trance.
―A mi hombre―respondí gruñendo.
―Eso no es justo. Pues ahora me toca a mí mirar―dijo sentándose en la cama e invitándome a levantarme.
Sólo llevaba puestas unas braguitas y me incorporé para ponerme a andar de espaldas meneando el culo a conciencia. Cuando llegué a los pequeños cajones del armario del baño me agache lentamente sin dejar de contonearme.
―Grrrrrr―escuché a mi espalda―.Ahora de frente―. Me indicó.
Me di la vuelta y volví sobre mis pasos pasando los dedos por mis pezones y sonriendo.
―¿Pero dónde ha estado esta Derah viciosa todo este tiempo?―preguntó cogiéndome por la cintura cuando ya había llegado a su altura.
―No sé…
Su lengua empezó un recorrido húmedo por mi ombligo mientras sus manos bajaban poco a poco mi ropa interior. La cafetera empezó a hacer el típico ruido que anunciaba que el café estaba listo.
―La apagaré y lo tomaremos luego. Tú espérame en la cama sin moverte.
Se levantó dejándome a mí el espacio para tumbarme y fue a apagar el fuego.
―¿Quedan funditas para el pequeño Toni?―preguntó señalándose sus partes íntimas y guiñándome un ojo.
―Creo que las guardé ya en mi maleta, pero todavía está abierta―respondí.
De nuevo todo el trasero espectacular de Antonio llenó mi mirada mientras rebuscaba dentro de mi maleta. 
―¿Y esto?―preguntó dándose la vuelta con cara divertida.
Sentí mis mejillas arder y deseé que la tierra me tragara. Antonio estaba de pie mirándome teniendo en su mano mi vibrador lila.
―¡Joder con la italianita! ¿Algo más que deba saber?
No sabía dónde meterme y a la vez no podía esconder la risa vergonzosa que salía sin mi permiso de mi boca. Antonio dejó el aparato sobre la mesa y se acercó de nuevo a mí.
―Eres una caja de sorpresas, mocosa―me dijo dejando escapar su aliento sobre mis rodillas y subiendo poco a poco entre besos y mordiscos por mis muslos.
Sin pronunciar más palabras empezamos nuestra danza íntima. Como siempre el tiempo y el espacio dejaban de existir cuando nos convertíamos en una sola persona. Dentro de mí, empujando suavemente y moviendo su pelvis con dulzura al compás de la mía, yo iba notando ese calor reconfortante que empezaba a subir de intensidad anunciándome que pronto estallaría atrapando con espasmos su miembro hinchado.
De repente Antonio paró en seco.
―¿Qué sucede?―pregunté a punto de explotar.
―Brrrrrr…. Brrrrrrr…. Brrrrrrrr…―respondió acompañando ese sonido con un movimiento que intentaba imitar al de un vibrador.
―Idiota…
Fue lo último que logré decir antes de sentir en todo mi cuerpo el calor de mi orgasmo que dio paso al estallido de mi hombre vibrante.
Al poco rato salimos de la caravana para despedirnos de Joana y Jorge. 
―Podríais quedaros a comer y luego iros―me decía Joana con la mirada casi implorante.
―Es mejor que nos vayamos después de desayunar, cielo. Yo tengo que ir con la caravana y tu hermano con su coche. Dejar luego la caravana en la tienda para que me acerque a nuestro piso. Deshacer el equipaje, poner lavadoras y después llevarme algo ya para casa de tu hermano. 
―Es que se me está haciendo un nudo en el estómago…
―¿Nos vamos a dar un paseo por la playa antes de que me vaya? Tú y yo solas.
―Sí.
Les dijimos a ellos que íbamos a dar un paseo y que enseguida volveríamos. Atravesamos lo que iba a ser nuestra última vez juntas la frontera de la realidad y nos descalzamos para sentir la arena en nuestros pies.
―Ha sido la mejor semana de mi vida, Joana―le dije buscando su meñique para atraparlo con el mío.
―Ha sido mucho más que una semana. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien y tan ligera.
―Fue una buena idea ir en busca de ese algo. Creo que tú lo encontraste y yo tuve que venir hasta aquí para darme cuenta de que lo tenía ante mis narices.
―Mi hermano está como nunca. Lo haces muy feliz y te ama con locura.
―Lo sé. Yo también lo amo a él.
―¿Sabes? No me preocupa que la historia con Jorge no funcione. Voy a aprovechar cada minuto que venga como si fuese el último. Ya ni siquiera recuerdo otros momentos. Es como si fuese mi primer amor.
―Y lo es. Es tu primer amor verdadero y correspondido. Y no pienses en la posibilidad de que no funcione. Yo sé que va a funcionar.
―¿Sí, verdad?
―Por supuesto―respondí apretando mi meñique.
―Cuando seamos mamás y tengamos a nuestras niñas, tendremos que volver aquí y hacerles sentir a ellas lo que hemos sentido nosotras.
―Prometido.
―Prometido.
No hicimos que durara mucho la despedida, al fin y al cabo sólo era temporal y sólo nos iba a traer buenos momentos a cada uno de los cuatro. Estaba segura de ello. Todos sabíamos que necesitábamos espacio para crecer como parejas.
Siguiendo al coche de Antonio saludé con la mano a mi mejor amiga y a Jorge y, una vez en la carretera, sólo deseaba llegar a casa para volver a tener a mi lado a Antonio para siempre.

sábado, 19 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 30)

✤ Capítulo 30. Los amantes perfectos ✤
―Pues a mí me llama la atención―le dije a Joana mirando por el balcón la nueva tienda que habían abierto en frente de nuestro edificio.

―Y a mí―respondió poniéndose a mi lado.

Hacía más de un mes que habían empezado las obras en uno de los locales que teníamos en frente, y hasta hacía pocos días no supimos de qué iban a poner la tienda. Cuando vimos el letrero, una tarde de esa semana, fue como dar el tiro de salida a incontrolables comentarios que nos producían risas por las situaciones que imaginábamos cuando nos daba fuerte por ello.
―¿Bajamos a ver cómo es?―preguntó Joana.
―¡Joder! ¡Pensaba que no lo dirías nunca!
―¿Y por qué no lo dices tú?
―No sé…
Negando con la cabeza y diciéndome con la mirada que yo no tenía remedio, nos vestimos con lo primero que pillamos.
―¿Nos ponemos gafas para ir de incógnito?―pregunté bromeando.
Cerramos la puerta y nos dirigimos a la tienda. Desde fuera era imposible ver lo que había dentro. La puerta estaba adornada con luces de neón rojas y azules que no paraban de encenderse y apagarse. El letrero tampoco era lo que se podía decir discreto, sobre todo porque en él, las luces eran doradas e iban de un lado a otro haciendo un recorrido en forma de una x enorme.
Nada más entrar nos dio la bienvenida un pene grandioso que ya nos arrancó la primera carcajada.
―Ufff… vamos a controlarnos o acabarán echándonos―dijo Joana tapándose la boca como una niña pequeña.
Para entrar al local teníamos que rodear ese pene infinito y lo hicimos mirando hacia arriba donde descubrimos una fuente de colores que salía de la punta. Queda de más decir que yo también tuve que taparme la boca ante el descubrimiento.
El lugar estaba medio a oscuras puesto que las luces que lo alumbraban eran de neón. Tras haber superado la montaña masculina, nos esperaban otras puertas, éstas de cristal. 
―Buenas tardes―nos dijo la señora que estaba tras el mostrador―. ¿Puedo ayudarlas en algo?
―No, gracias, por ahora sólo estamos mirando―dije educadamente.
A nuestra derecha había una estantería bien iluminada en la que se veían expuestos, en la parte de arriba, diferentes aparatos destinados claramente a las mujeres y en la de abajo, a los hombres. Los ojos como platos de Joana eran seguramente el reflejo de los míos propios.
―¡Joder nena! Yo me encuentro con esto y salgo pitando―dije señalando un pene verde tan largo como mi antebrazo.
Mi amiga se había quedado mirando otro y parecía que no pudiese apartar la mirada de él, por lo que con mis ojos seguí su mirada y entendí su asombro.
―¿Esto qué es? ¿Un coche-pene de feria o una pene-batidora?―susurré a su oído.
De nuevo las carcajadas salieron de nuestras bocas sin poder controlarlas. El aparato en cuestión estaba hecho con lo que parecía látex transparente y por eso se veía por dentro algo parecido a un hierro enroscado junto a unas bombillitas y en la base una especie de antenita redondeada.
―Perdone―dijo Joana ya más calmada y dirigiéndose a la señora de antes―. ¿Nos puede enseñar cómo funciona esto?
La mujer se nos acercó con dos pilas en la mano que insertó en el aparato una vez lo hubo sacado de la caja.
―Es lo último que nos ha llegado. Tiene cinco velocidades y este saliente es para el clítoris―. Nos informó poniéndolo en marcha.
El hierro del interior empezó a dar vueltas moviendo de manera circular el pene transparente y las bombillitas a encenderse mientras el masajeador de clítoris empezaba a vibrar produciendo un ruido parecido a un ronroneo. Tanto el ruido como el hierro cogieron intensidad al cambiar la señora las diferentes velocidades. 
No pudimos contenernos. Fue inevitable, y casi con lágrimas en los ojos nos disculpamos ante la mujer que también nos miraba divertida.
―No pasa nada. No hay de qué disculparse. ¿Es la primera vez que visitáis un sex-shop?
―Sí―dijimos al unísono.
―Pues os puedo enseñar muchas cosas, si queréis.
La verdad es que el tour improvisado por el local nos pareció muy entretenido y divertido, pues la mujer era muy amable y tenía una enorme paciencia. Casi tanto como el pene de la entrada. Había vaginas de colores, pechos enormes de un tacto increíblemente parecido a la piel humana, muñecas hinchables perfectas, bolas chinas de colorines…
―Oye, pues yo estoy como un poco… ya sabes―me dijo Joana en un momento que nos quedamos solas.
―Yo estoy pensando en llevarme el de color lila que nos ha enseñado hace un momento.
―A mí me gusta más el azul con el masajeador clitoriano―me informó riendo de nuevo.
Al final dimos un buen repaso a nuestras tarjetas de crédito una vez más y nos volvimos a casa. Las dos nos sentamos en el sofá con nuestras nuevas adquisiciones y les pusimos las pilas haciéndolas vibrar en nuestras manos. 
―Si te digo que me muero de ganas por probarlo… 
―Yo estoy igual…
―Si alguien nos viera ahora con esto en la mano aquí sentadas y hablando de probarlo inmediatamente nos catalogarían de viciosas.
―Que les den. Te veo en un rato―dijo Joana levantándose y cerrando la puerta de su cuarto.
Yo no tardé ni medio segundo en hacer lo mismo.
Después de un rato, en mi cama y con un cigarro en la mano, cogí mi móvil para mandarle un mensaje de texto a mi amiga que estaba al otro lado de la pared.
“Creo que acabo de enamorame”
En cuestión de segundos me llegó la respuesta.
“Yo le he pedido que se case conmigo. He encontrado al amante perfecto”
Las carcajadas de las dos atravesaron la pared.
Esa noche no cenamos. Ninguna de las dos volvió a salir de su habitación porque nos habíamos quedado completamente dormidas.

viernes, 18 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 29)

✤ Capítulo 29. Algodón de azúcar ✤
Comimos muy tarde porque el vermut había sido muy copioso y además el cava a esas horas nos había achispado a los cuatro, y sin recoger nada no fuimos antes a bañarnos a la playa. Tanto Jorge como Antonio decidieron quedarse un poco más y disfrutar del mar y la arena mientras nosotras nos ofrecimos a ir a las caravanas y hacer una comida a base de tapers descongelados.

―Entonces mañana os vais ya―dijo Joana con cierto tono de tristeza.
―Sí. Me da pena y a la vez estoy ilusionada.
―Si os quedarais unos días más, conoceríais a los hijos de Jorge.
Los platos que yo estaba poniendo sobre la mesa se quedaron suspendidos en el aire por la parálisis temporal de mis brazos ante la sorpresa.
―¿Los hijos?―pregunté sin todavía moverme.
―Anda, siéntate un momento que te pongo al día. Es que hemos tenido tan poco tiempo a solas tú y yo… Además, cuando lo teníamos siempre se me olvidaba comentarte este pequeño detalle―dijo divertida.
―Si no fuera porque me muero de ganas de saberlo, te juro que te mataba.
―¿No te has preguntado por qué está solo en el camping?
―Pues la verdad es que sí, pero no se lo iba a preguntar a él y si tú no tenías curiosidad…
―¡Ay! La Derah de siempre… que por no meter la pata no pregunta y se queda con las ganas.
―¿Qué eres mi madre ahora?―dije sonriendo por el tono con el que había dicho la frase.
―Está divorciado y tiene dos hijos. De nueve y once años. Se casó muy joven y tuvieron los niños pronto. La cosa no funcionó, de hecho, según él, dejó de funcionar antes de empezar, pero se dieron cuenta demasiado tarde. 
―¡Joder! Y tan demasiado… les dio tiempo a tener dos niños mientras se daban cuenta―dije sin poder remediarlo.
―Él quería dejarla antes del segundo niño, y de hecho se separaron un tiempo, pero ella no lo dejaba vivir su vida. Lo llamaba, lo atormentaba con sus llantos… ¿Te suena?
―Sí. Algo me suena―respondí recordando las insistencias de Daniel con Joana.
―Pues hace ya un año pidió el divorcio y no ha sido uno de los fáciles. Entró en una especie de depresión en la que por lo visto sufrió mucho, y este verano decidió darse un respiro para intentar empezar de cero lejos de todo.
―Está visto que el destino al fin y al cabo sabe lo que hace.
―Es un buen hombre, Derah. Quiere mucho a sus hijos. Me habla de ellos de una forma que queda claro, y yo me siento muy orgullosa de que quiera que me quede para conocerlos.
―¿Pero no estás nerviosa? Al fin y al cabo vas a convivir con ellos. Yo estaría hecha un flan.
―Claro que estoy nerviosa, pero si quiero intentar una vida con él, y él conmigo, es un paso que antes o después habrá que dar. Lo hemos hablado mucho antes de tomar la decisión, y desde luego, creemos que si superamos esto, tendremos una parte del camino, una parte muy grande, recorrida. Ya sé que la cosa va muy de prisa, y probablemente en otras circunstancias me pensaría más todo, pero está pasando así y yo no tengo intención de poner freno. Si he de estamparme más tarde, pues me estamparé. 
―¿Y ellos ya lo saben?
―Sí. La noche en la que nos llevamos el portátil a nuestra caravana me los presentó por Skype. Les explicó cómo estaban las cosas y luego hablamos un buen rato.
―¿Cuándo pensabas contármelo, pecosa?
―Cuando llegara el momento oportuno, y parece que llegó ahora―respondió sonriendo.
―¿Te hace feliz?
―Mucho, Derah.
―Pues no hay más que hablar. Pero prométeme que me mantendrás informada de todo.
―Trae aquí tu meñique―dijo ofreciéndome el suyo.
Los juntamos una vez más y nos prometimos tenernos al corriente de todo mutuamente.
Después de arrasar literalmente con todo lo que habíamos puesto en la mesa, como cada tarde, nos entraron las ganas de acostarnos y descansar la comida durmiendo. No le conté nada a Antonio, pues pensé que era algo que debía hacer Joana cuando a ella le pareciese oportuno, así que nuestra siesta vino después de una charla sobre otros temas.
―¡No!―dije agarrando a Antonio por la cintura cuando me despertaron sus movimientos al intentar levantarse.
Aún teniéndolo de espaldas, me imaginé su sonrisa asomando por entremedio de la perilla negra que le tapaba esos hoyuelos que me volvían loca. Volvió a tumbarse a mi lado y yo aproveché para hundirme en su pecho.
―Si vamos a ir al pueblo para ver la feria habrá que arreglarse un poco―me dijo mientras acariciaba una de mis mejillas.
―Sólo un ratito más. Es nuestra última tarde aquí.
―Pero seguiremos juntos mañana.
―Sí, pero el espacio será más grande y podrás esconderte de mí.
―¿Irás todo el día medio desnuda también en casa?―preguntó pellizcándome un cachete.
―Sí. Será una norma. Para los dos―respondí sonriendo.
―Puede ser peligroso.
―O cómodo. Según como se mire.
―¿Cómodo en el sentido de libertad?
―No. Cómodo para hacer guarrerías a todas horas.
―Creo que ha llegado el momento de decirte que no soy rico. Si te has propuesto matarme a base de sexo, deberías saber que no hay herencia.
―¿No? Entonces puedes levantarte―dije empujándolo suavemente.
Después de unos cuantos flirteos tontos más, al final nos levantamos y nos fuimos a arreglar. Ninguno de los cuatro tenía hambre, así que pensamos que en el pueblo ya encontraríamos algún lugar para cenar algo. 
Nos fue un poco difícil encontrar aparcamiento. Aparte del hecho de que no conocíamos bien el lugar, muchas calles estaban cortadas debido a la fiesta mayor y al final tuvimos que dejar el coche en un estacionamiento improvisado y de pago. 
Todavía no era del todo de noche, pero las luces de la feria ya alumbraban las calles, que a su vez estaban animadas con diferentes músicas procedentes de las atracciones.
―¿Nos montamos en eso?―dije señalando una especie de centrifugadora de personas enorme.
―¿Estás loca?―me miró con ojos como platos Antonio.
―¡Pero si es divertido!―refunfuñé.
―Es que a ella le gusta dar vueltas―anunció Joana.
―Venga va, vayamos los cuatro―propuso Jorge.
La atracción no parecía gran cosa, pero al sentarnos y asegurar nuestros cuerpos con los hierros que bajaban y nos dejaban atrapados sin casi poder movernos, los cuatro nos dimos cuenta de que eso iba a coger velocidad. El aparato empezó flojo pero poco a poco fue cogiendo impulso y nosotros a girar como locos atrapados en las sillas. Yo no podía dejar de reír al mirar los ojos de Antonio que parecían decirme “te voy a matar”. Joana gritaba como una loca y Jorge tenía los ojos cerrados. Cuando bajamos, nos costó un poco caminar rectos.
―Nunca más―dijo Antonio que había perdido todo el moreno de su piel y ahora parecía un fantasma.
Yo no podía parar de reír y me reí todavía más cuando vi a Joana aparecer con dos palos con el algodón de azúcar más grande que había visto en mi vida.
―Toma―me dijo ofreciéndome uno―, para que estés ocupada y no tengas ganas de subirte a nada más.
Más tarde, sentados en una de las terrazas que daban a la playa, charlamos animadamente mientras comíamos unas tapas que entraban solas junto a las cervezas frías.
―¿Tomamos el café en el camping?―preguntó Jorge.
Asentimos y nos fuimos en busca del coche. Una vez de nuevo sentados, pero esta vez frente a los cafés humeantes, dejamos que la noche continuara hasta que el sueño y el cansancio poco a poco se fueron apoderando de nosotros.