domingo, 30 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 10)

✤ Capítulo 10. El descubrimiento ✤
Teníamos ya quince años pero todavía nos sentíamos princesas y aventureras casi todos los días. Habíamos cambiado nuestros juegos con dragones y caballeros por charlas infinitas sobre chicos, a los que ya no odiábamos tanto, y sobre los inconvenientes de “ser mujer”.

―Menudo rollo esto de la regla. Te dicen que ya eres mujer y lo que es… es una mierda.
―Pero las tetas crecen que dan gusto―dije yo arrancando una carcajada de mi amiga.
―Dicen que cuando dos mujeres están compenetradas, tienen la regla al mismo tiempo cada mes. Con nosotras funciona.
―Bueno, así ninguna de las dos se enfada por no ir a la piscina. Además, para ir y ver siempre a la misma gente…
―¿Qué podemos hacer hoy?―preguntó Joana enroscándose un mechón de su largo pelo entre los dedos.
―No sé. A mí me duele un poco la panza. Puta regla…
―No digas palabrotas―me amonestó ella tirándome un cojín en toda la cara.
―Serás idiota…―respondí yo con otro cojín sobre la suya.
Empezamos así una de nuestras guerras de cojinazos que casi siempre acababa con una de las dos lesionada y la otra muerta de risa. Pero ese día fue diferente. El cojín que yo acababa de tirarle a Joana, ella lo esquivó apartándose y fue a parar debajo de una de las camas de mi habitación.
―¿Qué es esto?―pregunto todavía agachada buscando el cojín y sacando una carpeta grande y enroscada.
―Nada―respondí yo levantándome del suelo y dirigiéndome hacia ella para arrebatársela de las manos.
―Ni un paso más―me dijo amenazante.
―No seas burra, Joana, y dame eso.
Pero ya era demasiado tarde. Mi amiga ya había deshecho el endeble lazo que mantenía la carpeta enroscada y estaba sacando de ella el primer dibujo.
―Derah… ¿Son tuyos?
―Sí. Ya sé que no son buenos, pero…
―¿Qué no son buenos? ¡Pero si son maravillosos! ¡Esta soy yo!―exclamó levantando el retrato y enseñándomelo―. Madre mía, Derah… pero… ¿por qué nunca me lo has dicho?
―Sólo son dibujos, Joana. No pensé que…
―¿No pensaste qué? ¡Oh! Este es precioso… es nuestro paraíso…
Me pareció ver asomar una tímida lágrima de los ojos de mi amiga y de repente me sentí turbada y sin saber qué decir. Yo sentía justamente eso cuando mis manos empezaban a moverse por las hojas en blanco. Sentía una alegría tan grande, una emoción tan intensa que, a veces, también se me escapaban lágrimas incomprensibles. ¿Pero a mi amiga?
―Acércate, Derah. Enséñamelos tú. Por favor.
―Ay, Joana, no me hagas esto. Me da vergüenza que los veas. 
―¿Pero por qué? Deberías sentirte orgullosa. Yo me siento orgullosa de ti y me gustaría mostrárselos al mundo entero. Decir: son de mi amiga Derah. 
―¿Te gustan de verdad?―pregunté temerosa por su respuesta.
―Te lo juro. Por favor, regálame el del paraíso. Necesito tenerlo en mi cuarto y perderme en él cuando me siento sola. Es tan maravilloso, tan real… como si lo estuviese viviendo. ¿Tienes más?
―Sí, muchos más―dije agachando la cabeza.
―Quiero verlos todos, Derah. Y quiero verlos contigo.
Me acerqué a mi armario con la silla a cuestas y saqué desde lo más profundo de la estantería todos mis álbumes que había escondido durante años, y las dos sentadas en el suelo empezamos a compartir algo nuevo para ambas.

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