viernes, 28 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 8)

✤ Capítulo 8. Nunca, nunca y nunca ✤
―Nunca me casaré―dijo Joana mientras daba vueltas como una loca con el vestido de hada largo y ancho de carnaval.

―Yo tampoco. Qué asco―respondí yo enfundada en mi vestido de primavera rosa lleno de flores secas.
Era la semana después de carnaval, pero nosotras todavía seguíamos viviendo nuestra historia personal. Ese año, tanto Joana como yo queríamos ir vestidas de largo y vivir aventuras como princesas. Habíamos decidido dejar aparcadas nuestras historias de aventureras y volver por un tiempo a ser las doncellas rompecorazones de príncipes que convertiríamos en ranas con un beso.
Las otras niñas se reían de nosotras cuando decíamos que habíamos transformado ya a cuatro príncipes en cuatro horrendas ranas.
―¡Qué tontas son! No saben ni siquiera que la historia es al revés―oíamos a nuestras espaldas.
Pero, ¿qué iban a saber ellas de nuestras historias? Nosotras éramos diferentes. Los príncipes, pegajosos e interesados en tetas y culos, nosotras los convertíamos en ranas que comían moscas y mosquitos.
Joana estaba fantástica con su vestido azul de hada. Llevaba el pelo recogido con una cinta que habíamos sacado de los cajones de su madre y yo le había pintado los párpados de color dorado, haciendo resaltar sus ojazos negros y sus pecas, junto con esos labios rojos por naturaleza.
Yo, en cambio, le había dicho a mi madre que quería un vestido de primavera. Mi pobre mamá, costurera de profesión, tuvo que inventarse un traje y pegarle flores secas junto a pequeñas piedrecitas brillantes, y por debajo ponerle mucho tul, lila también, para que el vestido quedase levantado en todo momento. Joana me había pintado flores en la cara con rotuladores de diferentes colores.
Sabíamos perfectamente que cuando nuestras madres descubrieran tanto mis flores como su pintura dorada, purpurina mezclada con cola de barra, íbamos a tener serios problemas. Pero eso no nos importaba en ese momento.
―¿Por qué las chicas quieren novios? Es que no lo entiendo. Son tontos y feos.
―Bueno, alguno guapo hay―dije yo tímidamente.
―¿Qué dices? ¿Quién?―preguntó mi amiga dejando de repente de dar vueltas sobre sí misma.
―Alejandro―respondí flojito.
―¿Quién?
―Alejandro―repetí más fuerte.
―¿Te gusta Alejandro?
―Un poco. Pero muy poco―dije temerosa de que Joana se enfadara.
―No me lo habías dicho.
Joana vino a sentarse a mi lado en el suelo, cogiendo su ancho vestido y poniéndolo abierto para no dejar de ser una princesa con clase.
―Me daba vergüenza decírtelo.
―¿Por qué?―me preguntó abriendo los ojos como platos.
―No sé. Él no me mira nunca y nosotras odiamos a los chicos.
―¡Sí que te mira, tonta! ¿Cómo no va a mirarte con lo guapa que eres?
―No soy guapa, Joana. No mientas.
―Eres muy guapa, Derah, pero también eres tonta―me dijo dándome un pequeño empujón y riéndose―. No quiero que vuelvas a decir que no eres guapa. Mi mejor amiga es la más guapa.
Su beso en la mejilla me llenó de alegría, pero esa sensación extraña de seguir creyendo que no era guapa se me tuvo que reflejar en la cara.
―Ven―me dijo cogiéndome de la mano y llevándome delante del espejo―. Mira lo guapa que eres.
―Ay, Joana, déjame. No quiero mirarme.
―He dicho que te mires o me enfadaré.
Sabía perfectamente que si no lo hacía yo por mi propia voluntad, era posible que Joana me obligara de alguna manera a mirar mi reflejo asustado y avergonzado.
―Ahora di: SOY GUAPA.
―No.
―¡Que lo digas!
―Soy guapa―dije con un hilo de voz.
―Así no vale. No te has oído ni tú misma. Repítelo gritando.
―Estás loca. No pienso gritar eso.
―¿Ah no?
Joana empezó a hacerme cosquillas por todo el cuerpo, persiguiéndome por su habitación y acabando las dos tiradas encima de su cama. Nuestros vestidos largos se nos enredaban por las piernas porque no dejábamos de movernos de un lado para otro. Ella haciéndome cosquillas y yo intentando escapar de su tortura.
―¡Grítalo! Grítalo o no pararé hasta que te mueras de risa―decía mi amiga en voz alta.
―¡Me rindo!¡Me rindo! ¡SOY GUAPA! ¡Soy guaaaaaaaaaaapaaaaaaa!―grité con todas mis fuerzas.
En este momento la puerta de su habitación se abrió y por ella apareció, como siempre, la cabeza de Antonio.
―Estáis como una chota―dijo mirándonos con desagrado―. Las dos―añadió antes de volver a cerrar la puerta.
Ambas empezamos a reír a carcajadas. 
―Hombres…―dijimos a la vez cuando por fin pudimos hablar.
―Nunca nos casaremos―dijo Joana.
―Nunca, nunca y nunca―respondí yo antes de empezar de nuevo a reír.

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