jueves, 27 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo7)

✤ Capítulo 7. Abriendo las mochilas ✤
Para nuestro primer día de vacaciones y aventuras, la verdad es que no teníamos planeado dormir una siesta de varias horas, pero la exageración a la hora de comernos como desesperadas una tortilla de patatas para seis personas, nos había dejado KO. 

El silencio, solamente interrumpido con el lejano sonido melódico de las olas del mar rompiendo en la orilla, actuó como una suave canción de cuna que nos transportó a las dos a un sueño profundo, seguramente lleno de imágenes que luego seríamos incapaces de recordar.
Estando inmersa en ese letargo entre la inconsciencia y la realidad, lentamente fui saliendo por el sonido incesante de un timbre molesto que poco a poco identifiqué como el tono del móvil de mi amiga.
―¿Quién osa interrumpir nuestros sueños?―dije todavía adormilada y buscando con la mirada a Joana.
La expresión de su cara me ayudó a saber quién era la persona que estaba llamando sin necesidad de preguntárselo.
―¿Qué coño quiere ese ahora? 
―Saber dónde estoy. Debe haberse enterado de que me he ido unos días contigo.
―No tiene ningún derecho a saberlo y menos aún a preguntarlo. Mándalo a la mierda, Joana.
―Si fuera tan fácil…
―Dame a mí el teléfono y verás lo fácil que es.
Me había despertado de golpe y de muy mal humor, y al ver los ojos tristes de mi amiga, me levanté para ir a su lado y sentarme junto a ella.
―Perdona―le dije cogiéndole la mano―. Sé que no es fácil, pero me repatea el estómago esta situación. Ya había desaparecido de tu vida…
Otro zumbido, acompañado del tono, nos informaba de que llegaba otro mensaje.
―No lo leas, Joana. Apaga el móvil estos días. A mí no se atreverá a llamarme y si nos buscan nuestra familia o amigos, si tu móvil está desconectado, ya llamarán al mío.
―No puedo, si hago eso será peor.
No me había ni dado cuenta de que ya era de noche. Por lo visto nuestra siesta fue tan monumental como la tortilla de patatas que todavía prometía seguir dando vueltas por mi estómago.
―Bueno―le dije mirándola a los ojos y cogiéndole el teléfono de las manos―, no lo apagues si no quieres, pero podemos dejarlo aquí mientras nosotras nos vamos a la playa a ver el anochecer. ¿Te parece bien?
Joana asintió apesadumbrada y ambas salimos de la caravana. Como vimos que hacía un poco de fresco, nos pusimos simplemente una camiseta encima de los bañadores y con una toalla cada una, traspasamos la frontera de la realidad por la puerta que daba a la playa y nos sentamos junto a la orilla.
―Algún día vas a tener que dejar el pasado atrás, Joana, y con más razón si es doloroso.
―Fueron muchos años, Derah, ¿cómo olvidarlos?
―Yo no tengo la receta para eso, cariño, pero justamente eso es lo que debemos hacer antes de regresar a casa.
Tanto mi amiga como yo no habíamos tenido suerte en el amor. Joana tuvo una relación, la primera y única importante, tormentosa y complicada. Su ex pareja, Daniel, había aparecido en su vida de repente y de repente la había desordenado. Pero en su alboroto particular sobre la vida de Joana, también se había llevado lejos a mi niña pecosa durante un tiempo que me pareció eterno. Yo nunca dejé de estar a su lado, pero no por eso la obligué a abrir los ojos. Eso era algo que debía hacer por sí sola, si bien teniendo la seguridad de que cuando lo hiciera, Derah estaría ahí.
―Hace muy poco tiempo, demasiado poco, que me he dado cuenta de lo anulada que estaba en casi todos los sentidos―dijo sin dejar de mirar el mar que ya empezaba a ser oscuro y misterioso.
―Lo sé―dije simplemente para dejar paso a sus pensamientos en voz alta sin ser interrumpida.
―Debería haberme dado cuenta antes de que su amor era dañino, ¿verdad?
―Lo importante es que te diste cuenta, no cuándo.
―¿Crees que alguna vez reharé mi vida, Derah?
―Ya lo estás haciendo. Lo estamos haciendo.
―¿Tú cómo estás? Me refiero a cómo estás de verdad―me preguntó esta vez volviendo su cara hacia mí.
―No sé. A veces me siento vacía y me pregunto si es por la falta de un hombre a mi lado. Otras veces me siento eufórica, y entonces me pregunto si no estaré loca―respondí mirándola también y sonriendo.
―¿Qué buscamos exactamente de la vida, amiga mía?
―Supongo que cuando lo encontremos lo sabremos―de repente empecé a reír―. Perdona…ufff… es que menuda respuesta, ¿no?
―Típica tuya. Profunda y de las que te dejan todavía peor―respondió ella sonriendo a la vez.
El mar seguía en calma y su vaivén nos estaba acunando los sentidos. Se veía tan inmenso como la misma oscuridad que nos rodeaba. Sólo nos llegaba un poco de luz por la espalda, seguramente de las otras caravanas que había en el lugar.
―Joana…―empecé tímidamente.
―Dime.
―Creo que deberíamos mirar en nuestras mochilas. Llevamos demasiado peso desde hace demasiado tiempo. No debe ser bueno para nuestra salud emocional cargar con todo eso eternamente. ¿No crees?
―No, no debe ser bueno.
A lo lejos se divisaban pequeñas luces que flotaban sobre el agua. Algún pescador nocturno aprovechaba la tranquilidad de la noche para concentrarse quizás también en sus propios pensamientos.
―¿Y cómo vacío yo la mía de tantos complejos, inseguridades y miedos? Dime, Joana, ¿cómo lo hago?
―¿Y cómo vacío yo la mía de recuerdos dolorosos?
De repente la luna apareció grande y hermosa de detrás de una nube iluminando nuestras caras. Sin pensármelo dos veces cogí suavemente la mano de mi amiga y le indiqué que era el momento de entrecruzar nuestros meñiques.
―Prometo ayudarte a vaciar tu mochila―le dije mirando los ojos negros y grandes de mi mejor amiga.
―Prometo ayudarte a vaciar tu mochila―me dijo ella sin apartar la mirada.
Las dos a la vez nos abrazamos y por unos instantes nos fundimos en una sola persona y nos transportamos a otros tiempos. Tiempos en los que no había nada ni nadie que pudiera achantarnos ni separarnos.

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