miércoles, 26 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 6)

✤ Capítulo 6. Y yo más ✤
Ya desde pequeñas éramos expertas en meternos en situaciones incomprensiblemente absurdas. No sabría decir si las buscábamos nosotras mismas o ellas nos encontraban a las dos, pero el caso es que podríamos escribir un libro, ¡qué digo un libro!, podríamos escribir una saga entera con todas nuestras locuras.

En ese momento preciso recordé una en la que ambas pasamos verdadera vergüenza, aunque como era de esperar, la vergüenza dio paso a las risas sin previo aviso.
Estábamos en el colegio y era primavera. Todavía éramos unos bichos raros a ojos de muchos compañeros, pero era indiscutible que teníamos buenos amigos, sobre todo chicos. Supongo que nuestro afán de subirnos a los árboles y jugar con los coches o a las canicas, antes de ponernos a inventar historias absurdas con muñecas tetonas y perfectas, nos daba cierta fama entre el sexo opuesto y, cómo no, cierto odio entre las niñas.
A nosotras no nos importaba, puesto que teníamos nuestros secretos en las historias que vivíamos siendo princesas o aventureras, tanto en los dos años que duró nuestro descubrimiento del paraíso como posteriormente.
Ese día nos habíamos puesto en una de las esquinas del gran patio del colegio, desde donde podíamos verlo todo pero a la vez nos sentíamos aisladas, justo el lugar perfecto para revivir la noche anterior. El hermano de Joana, Antonio, que era cuatro años más mayor que nosotras, había llevado a su casa a dos de sus mejores amigos a dormir, y como mi amiga no quería ser menos, también me había invitado a mí.
Teníamos terminantemente prohibido acercarnos a menos de diez metros de la habitación de Antonio, pero para nosotras eso no era un problema. El cuarto de Joana era contiguo al de su hermano y nosotras podíamos pasar horas pegadas con las orejas a la pared para escuchar todo lo que se hablaba al otro lado. Como si en esa habitación fueran a suceder cosas impresionantes y nosotras tuviésemos que ser forzosamente testigos.
Esa noche los chicos estaban muy entusiasmados hablando de chicas y sus voces se escuchaban perfectamente sin necesidad de usar los vasos que Joana y yo nos habíamos subido a escondidas de la cocina. El caso es que en la tele habíamos visto que para escuchar mejor a través de las paredes, los protagonistas de nuestra serie infantil preferida se ponían sendos vasos en las orejas.
La verdad es que a nosotras no nos funcionaba, porque a veces escuchábamos peor cuando usábamos ese truco. Pero era divertido vernos la una a la otra con el vaso pareciendo salir de nuestra cabeza, inmóviles y pegadas a la pared.
El caso es que esa noche ni siquiera nos planteábamos esa posibilidad puesto que los vozarrones se oían a la perfección.
―Tiene unas tetas tremendas―dijo uno de ellos.
―Pues anda que la profe de mates―añadió el otro.
―Las mejores tetas son las de las de sexto. Esas sí que son bestiales―apuntó Antonio.
Nosotras dos, tapándonos la boca, nos reíamos de los comentarios que escuchábamos. Pero en realidad nos reíamos más por la palabra tetas que por lo que decían ellos. Cuando la conversación se decantó por palabras como culo y besos, nuestras risas ya eran incontrolables.
Supongo que uno de ellos, o los tres, debió darse cuenta de que probablemente nuestras risas estaban provocadas porque estábamos escuchando detrás de la pared. De repente el silencio se hizo palpable y las dos nos metimos corriendo bajo las sábanas de nuestras camas, previendo que Antonio entraría enfadado en la habitación.
Pero no fue así, y por eso encontramos el valor necesario para volver a nuestra posición de espionaje.
El sonido que nos llegó fue como un trueno en nuestra cabeza y apartamos de golpe las orejas de la pared.
―¿Se han tirado un pedo?―pregunté a Joana tapándome la boca por la risa que se me escapaba hasta por los ojos.
Otro ruido parecido tronó en la pared. 
―¡Que cerdos!―dijo mi amiga tapándose con dos dedos la nariz.
Nuestras risas se acabaron de golpe cuando los nudillos de uno de los tres chicos del otro lado tocaron varias veces la pared produciendo ese típico toc toc.
―¿Queréis más, mocosas?―dijo Antonio.
Ahora nuestras manos tapaban las bocas abiertas por la sorpresa de saber que habíamos sido descubiertas.
Joana me miró con esa cara llena de pecas y sonriendo de una manera que anunciaba una revancha. Empezó a tragar aire de una manera rápida y sin pausa, haciéndome preguntar a mí misma qué era lo que estaría tramando mi amiga. Cuando ya pensé que no podía caberle más aire, Joana acercó su boca a la pared y, abriéndola, hizo un eructo que retumbó en toda la habitación.
Mis ojos como platos, de repente se cerraron como nunca por la risa que me entró, y mientras desde el otro lado se escuchaban risas y frases diciendo lo cochina que era la niña, Joana me incitó a hacer lo mismo.
Mi primer eructo fue patético. Un ruidito de nada en comparación a los que salían de la boca de mi amiga, pero a la quinta o a la sexta vez, por fin logré uno atronador. El problema fue que en ese mismo momento la puerta de nuestra habitación se abrió y aparecieron las tres cabezas que deberían haber estado en el otro cuarto.
―¡Joder con la italiana!―dijo uno de ellos.
Antonio me miró sacudiendo la cabeza negativamente mientras volvía a cerrar la puerta. Yo notaba mi cara encendida y caliente mientras Joana me miraba con lágrimas en los ojos por la risa.
Parecía como si el tiempo no hubiese pasado. Las dos ahí sentadas, riendo y mirándonos. Como si Joana hubiese leído mi mente, intentó serenarse para hablarme.
―Lo único que ha cambiado, querida amiga, es que ahora las dos también tenemos tetas.
Las carcajadas volvieron a inundar nuestro espacio y nuestras almas.

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