martes, 25 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 5)

✤ Capítulo 5. La tortilla de patatas ✤
―¿Te has dado cuenta de que desde que salimos no hemos fumado?―me preguntó Joana sacándome de mi trance.

―¿Y por qué me lo recuerdas? Ahora tengo unas ganas tremendas de meterme nicotina en la sangre―le respondí pellizcándole la mano.

―¿Nos vamos a la caravana?

―Sí, pero habrá que sacudirse bien toda la arena. La tengo metida hasta en…

―¡No hace falta que me lo digas! Ya me lo imagino, gracias.
―Iba a decir hasta en las bragas. No iba a explicarte exactamente dónde―le dije sonriendo.
Nos levantamos y empezamos a darnos palmadas por todo el cuerpo, pero estaba claro que necesitábamos una ducha. Al llegar a nuestra parcela, nos dimos cuenta de que habíamos dejado las llaves puestas en el contacto, los bolsos a la vista y todo abierto. Los vecinos, fueran quienes fueran, no daban señales de vida, y riéndonos por nuestro despiste, antes de dirigirnos en busca de las duchas, toallas en mano, cerramos todo a conciencia.
Los lavabos eran otro lugar espectacular. Limpio y con un buen aroma que entremezclaba el olor a higiene con el de ambientador. Por nuestras caras, dejamos claro sin palabras que aprobábamos por descontado los baños públicos.
Las duchas eran individuales, aunque por su tamaño, podíamos caber perfectamente las dos. Sólo nos habíamos llevado las toallas y los biquinis, puesto que no teníamos intención de vestirnos en todo el día. Íbamos a disfrutar de la libertad, del sol y del lugar a nuestro aire.
A través de las finas paredes de la ducha, nos pusimos a cantar una canción estúpida que se vio interrumpida de golpe por el sonido de la puerta anunciando la entrada de más gente. Una vez libres de arena y frescas, volvimos a nuestra casa con ruedas.
―¿Tienes hambre?―pregunté.
―Estoy hambrienta. ¿Y tú?
―Más que tú. ¿Qué tenemos para hoy?
―Mi madre nos ha hecho una tortilla de patatas enorme para las dos. ¿Te apetece?
―Menuda pregunta más tonta. ¿Cuándo he dicho yo que no a una tortilla de patatas? Y sabiendo que es de tu madre, mejor que mejor.
―¡Pues a por ella!
Teníamos el congelador y la nevera llenos de comida. Los dos días anteriores a nuestra partida nos habíamos dedicado a cocinar como locas y a guardarlo todo en tapers listos para su descongelación y su degustación. Pensamos que era una buena manera de no gastar dinero comprando cada día, y seguramente acabaríamos reventando, porque parecía que en esa caravana iban a comer veinte personas en vez de dos. 
Como nuestra parcela tenía sombra en la parte de delante y una mesa con cuatro sillas, decidimos comer fuera. Limpiamos un poco la mesa antes de servirnos los platos y demás utensilios, pero realmente no hacía falta. Se notaba que ya lo habían hecho ese mismo día. Salvo alguna hoja despistada, todo estaba limpio.
―¡Mamma mía! ¿Pero dónde va tu madre con esa tortilla?―exclamé al ver el enorme plato en el que iba majestuosa la tortilla.
―Ya sabes cómo es mi madre…―respondió Joana al tiempo que la dejaba en la mesa.
―¿La parto en triángulos?―pregunté.
―¿Para qué? Matémosla lentamente. Tú por un lado y yo por el otro.
Dicho y hecho. Con sendos tenedores y unas ganas tremendas de degustar hasta la última patata de esa delicia esponjosa, empezamos una lucha a dos bandas por acabar la tortilla. Por lo menos era de seis huevos y un quilo de patatas con cebolla, pero el caso es que entre sorbos de tinto de verano fresco, risas ahogadas por las bocas llenas y algún que otro descanso entre bocado y bocado, nos la acabamos entera.
―Voy a reventar―dije tocándome la barriga hinchada y redonda que asomaba por encima de las braguitas del biquini.
―Somos unas bestias, tía―respondió Joana intentando disimular un eructo.
―Cerda―le dije tirándole un trozo de patata despistada que se había salvado de nuestra matanza.
La respuesta de mi amiga fue un eructo de los grandes mientras alzaba su dedo medio mirándome divertida.
―¡Salud!―se escuchó desde la caravana vecina.
Las dos nos giramos a la vez y nos encontramos con un hombre atractivo y sonriente. Por lo visto los vecinos era un solo vecino. Yo empecé a reírme por la situación y el momento, y mi risa se convirtió en una carcajada cuando vi la cara enrojecida de mi amiga.
―Gracias―logró decir ella mirando al hombre que parecía divertido―, es lo que pasa cuando mi madre hace tortilla de patatas.

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