lunes, 24 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 4)

✤ Capítulo 4. El paraíso ✤


Las dos tenemos la misma edad. Treinta años. En la ciudad en la que vivimos, llena de edificios, bares, dos hoteles y muchas tiendas, hace unos veinte años no había nada de eso. Por aquel entonces era un pequeño pueblo rodeado de bosques y de naturaleza. Y así fue hasta hace relativamente poco, puesto que de una manera, casi repentina, se empezaron a construir edificios y con ello la llegada de gente nos invadió. 

A ver, no quiero decir con esto que ahora sea un lugar menos bueno en el que vivir, pero lo que nadie puede negar es que con cada árbol talado se fue perdiendo un poco la magia del sitio.

Nosotras tuvimos la suerte de vivirlo y sentirlo cuando tan sólo era un pueblo, y con ocho años descubrimos muchas cosas de la naturaleza y de los bosques. Yo vivía frente a un enorme campo de maíz, y era uno de los rincones favoritos de Joana y mío cuando salíamos de la escuela o eran vacaciones. Mi madre también nos podía observar desde el otro balcón de casa cuando decidíamos inventar nuestras aventuras en el maizal.

Casi siempre éramos dos princesas a las que habían raptado y nos teníamos que escapar, y a veces, cuando se nos olvidaba ser princesas, entonces éramos aventureras en busca de un tesoro oculto y valioso. La verdad es que imaginación teníamos un rato, y habría sido muy acertado grabarnos todos los días y hoy poder ver nuestra infancia llena de fantasías por capítulos. 
Una de las tardes de mayo en las que decidimos ser aventureras, nos atrevimos a ir un poco más allá de lo que nos estaba permitido a través del maizal.

―¿Tu madre se va a enfadar?
―Ahora no está en el balcón y le podemos decir que estábamos agachadas y por eso no nos podía ver. Además, no iremos muy lejos. Si nos llama seguro que la oiremos.
―Pues venga, vamos a buscar el tesoro. ¿Tienes la espada y las flechas?
―Sí. Yo te sigo―le dije yo, escondiendo tras esas palabras mi miedo hacia lo desconocido.
―Mejor vamos juntas, cagona.
Empezamos a andar cuidadosas y cogidas de la mano hacia adelante. Nuestra meta era el bosque que siempre veíamos desde mi casa y que tan cercano parecía. Pero lo cierto es que anduvimos un buen rato, haciendo ruidos de espadas que nos defendían de animales feroces y caballeros oscuros.

―¡Ostras!―exclamo Joana―. De repente parece de noche.
―Pero no lo es―le respondí yo adentrándome también en el bosque al que ya habíamos llegado―. Mira a través de los árboles, ¿lo ves? Hay sol, sólo que ahora lo tapan los monstruos altos y verdes.
Como siempre, yo hablaba segura de mí misma, pero Joana sabía tan bien como yo que estaba asustada por haber llegado más allá de lo permitido.
El bosque era enorme, y no solamente porque nosotras fuéramos dos niñas de ocho años, sino porque realmente era grande y majestuoso. El olor a musgo y humedad nos envolvió por completo, y las ganas de aventura y nuevos descubrimientos nos dieron las agallas necesarias para adentrarnos poco a poco y en silencio.
A unos pocos metros encontramos un camino que se veía claramente que se había hecho por los pasos de la gente año tras año.
―Sigamos este camino. Si la gente lo hace será porque lleva a alguna parte.
Asentí a las palabras de mi amiga y empezamos a andar. No había un silencio total. Las hojas que se mecían al viento, nuestros pasos y respiraciones, junto con algunos animalitos, hacían de banda sonora de nuestra aventura secreta.
En algún momento perdimos la noción del tiempo y del camino recorrido, pero es que era tal la belleza del sitio que no podíamos dejar de andar para seguir descubriendo más y más a cada paso.

―¿Oyes eso?―me preguntó Joana parándose de golpe.
Agucé mi oído y también pude escuchar ese murmullo.

―¿Es agua, verdad?―pregunté yo.
Las dos, esta vez cogidas de la mano con más fuerza, nos salimos del camino para ir hacia el suave sonido del agua. Tras pasar unos cuantos árboles que parecían puestos de una manera estudiada y perfecta, pisando algunas ramas y apartando otras, llegamos a un claro en el que en medio había un pequeño lago.
―¡Oh!―Fue lo único que logramos decir ambas.
Era majestuoso ese descubrimiento. En medio de tantos árboles alineados, habíamos encontrado este pequeño lago que parecía llenarse de una no menos pequeña cascada que venía de algún lugar impreciso.
―Hemos encontrado el tesoro, Derah―me dijo apretándome la mano.

―¡Siiiiii! Un tesoro secreto―le respondí.
―¿Cómo vamos a llamarlo?
―Paraíso―propuse.
―Vale, me gusta. Este será nuestro paraíso.
No nos fue difícil volver a casa, y llegamos dentro del horario establecido y sin problemas. Esa noche Joana se quedó a dormir en mi casa, y era obvio que las dos estábamos entusiasmadas con nuestro descubrimiento que quedó en secreto. Sólo latente en nuestras miradas cómplices cuando decidíamos ir al maizal y en realidad íbamos a tumbarnos en el paraíso a escuchar los sonidos del bosque mientras entrelazábamos nuestros meñiques.
Ese verano vimos ardillas, pájaros de colores, pececitos extraños, gusanos, y un sinfín de cosas que lograron enriquecer nuestras aventuras de una manera increíble. Nos olvidamos por completo de volver a ser princesas y fuimos aventureras durante mucho tiempo. 
Nuestras excursiones al paraíso fueron creciendo igual que nosotras. Lo que antes hacíamos andando, al verano siguiente lo hicimos en bicicleta al descubrir el camino que se adentraba en el bosque rodeando el maizal.

Cada día que íbamos a nuestro paraíso vivíamos un capitulo de nuestra especial amistad, así como de nuestra vida. Con pequeñas y grandes ramas nos construimos una cabaña horrible, pero para nosotras era un castillo un día, una choza otro, la boca de un gran dragón a la semana siguiente, y de nuevo nuestro castillo cuando decidíamos que ese día no correríamos aventuras porque el rey nos había concedido un día de descanso.
Un invierno llegó uno de nuestros peores momentos. Por lo visto alguien había comprado el maizal e iban a construir sobre él unos edificios.
Nuestros ojos no podían creer lo que las grúas estaban haciendo a tantas horas de diversión y amistad, y menos aún pudimos entender cómo no sólo no se conformaban con el maizal, sino que también empezaron a talar árboles.
Estaba claro que nuestro paraíso al siguiente verano ya no iba a existir, y en su lugar, muy a pesar nuestro, nos dijeron que iban a construir una especie de aduana para camiones.
Estirada en ese momento sobre la arena caliente de la playa y conectadas por nuestros meñiques, giré mi cara hacia Joana.

―¿Recuerdas el paraíso?
―¿Cómo iba a olvidarlo?―me respondió girando su cara también y encontrándonos con la mirada.
―Por unos momentos he vuelto ahí.
―¿Me llevaste contigo?―me preguntó Joana.
―Claro, todavía estamos ahí.
Nuestros meñiques se apretaron uno con el otro y nuestras caras volvieron a situarse de frente. Ambas cerramos los ojos y estoy segura de que las dos volvimos al paraíso de nuestra amistad infantil en ese mismo instante.
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