domingo, 23 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 3)

✤ Capítulo 3. La llegada ✤
―¿De quién ha sido la brillante idea de comprar tabaco de liar?―pregunté yo mientras escupía las hebras amargas.

―De las dos.
―¿Seguro?
―Bueno, vale. Quizás fue más mía, pero así ahorraremos.
―Pues no sé qué decirte. Para liar uno ya he desperdiciado cuatro papeles, se me ha caído una colilla y llevo masticando tabaco desde hace diez minutos.
Las dos nos echamos a reír porque la situación era de lo más ridícula. Yo descalza y con un bote enorme de tabaco entre las piernas, intentando liar un cigarro mientras mi amiga iba conduciendo y alternando su mirada de la carretera a mí y a mi aventura de lograr hacer un cigarrillo decente.
―Bueno, ya está. Te hago el honor de fumarte mi primer pitillo casero.
Era todo menos un cigarro. Ancho en la colilla, torcido y finísimo en la punta.
―Vale, pero enciéndemelo tú―me propuso Joana. 
Cogí el mechero y lo intenté. Juro que lo intenté, pero esa cosa extraña no tiraba, era imposible encenderla. 
Las carcajadas invadieron nuestra pequeña casa con ruedas y yo me propuse de nuevo intentarlo. 
―¡Mira!―exclamó Joana―. Ahí está el cartel del camping.
Levanté la vista y también lo vi. Un cartel enorme, con letras de colores intensos en las que se leía: Camping La Hoguera, junto a tres pequeños triángulos en forma de tiendas de campaña y una flecha anunciando que teníamos que tomar la próxima salida.
Dejé el bote de tabaco y todos los artilugios detrás de mi asiento y me puse a hacer de copiloto para no perdernos en el intento de llegar a la primera a nuestro destino. Eso era pedir demasiado, pues si había algo que Joana y yo sabíamos hacer a la perfección era perdernos siempre. Pero esta vez las indicaciones estaban muy bien situadas y en menos de veinte minutos llegamos a la entrada del camping.
―¿Estás segura de que es este?―me preguntó ella parando la caravana frente a una fuente enorme de agua que daba la bienvenida.
―Claro―respondí yo en voz baja y sacando de mi bolso los tickets de la oferta―. ¿Ves? Camping La Hoguera, y hasta sale esta fuente. 
Ambas nos quedamos mirando embelesadas la entrada a lo que prometía ser un paraíso. Habíamos conseguido en Internet una de esas ofertas que se anuncian con fecha de caducidad, pero no imaginamos en ningún momento que realmente fuera un lugar tan hermoso. A medida que avanzábamos lentamente por el pasillo de la entrada, para llegar a las oficinas, íbamos descubriendo un camping maravilloso y digno de su categoría.
Los árboles eran enormes y verdes, dando una impresión de frescura y naturaleza que se percibía ya desde dentro de nuestra caravana. A un lado podíamos ver como una cuesta conducía a lo que parecía la zona de bungalós, y al lado contrario, siempre con grandes pasillos cubiertos de espesos árboles, se podían ver las diferentes tiendas de campaña, y al fondo, lo que sin duda era la zona de caravanas.
―Antes que nada tenemos que asegurarnos de que la oferta es real, niña. Creo que si nos hemos equivocado, con el dinero que llevamos entre las dos, no tenemos ni para pasar tres días aquí.
Asentí a las palabras de mi amiga y justo en ese momento nos encontramos de frente las oficinas. Las dos bajamos a la vez y no pudimos remediar el tener que abrir los ojos, y creo que hasta la boca, para admirar el lugar. 
―Si no nos cogen los tickets yo les ofrezco fregar todo el camping cada día, pero no me voy de aquí―le dije sin bajar la vista de la copa de los árboles. 
El aire era fresco y traía desde algún lugar un olor a hierbabuena mezclado con otros dulces que, sin duda, eran de alguna clase de flores. A lo lejos se escuchaba un ruido de agua, y era curioso que dependiendo de cómo se situara la cabeza, el ruido se distinguiera perfectamente. A la derecha chapoteos y voces lejanas procedentes de la piscina y, a la izquierda, el inconfundible sonido del mar.
Entramos en la recepción y enseguida nos atendieron. Efectivamente todo estaba correcto. La oferta se puso en Internet sólo durante veinticuatro horas y había tenido bastante éxito. Teníamos una semana entera en un camping de lujo al precio de tres días en uno de los más tirados.
La chica que nos atendió nos informó de cómo llegar a nuestra parcela y nos dijo que en menos de una hora pasaría un técnico a ponernos todo lo necesario para que no nos faltara ni agua ni luz.
Joana y yo volvimos a montarnos en la caravana y con una sonrisa estiramos el cuello para parecer más importantes.
―Menos mal que tu hermano nos ha dejado este pedazo de caravana. Si llegamos con uno de nuestros destartalados coches, creo que ni nos dejan pasar de la fuente.
―Estira el cuello y pon recta la espalda. Estamos a punto de entrar en el lujoso mundo de los campings pijos.
Riéndonos nos dirigimos en busca de la parcela, y al llegar, sin decir ni una palabra, entrecruzamos nuestros meñiques y nos quedamos en silencio mirando el panorama.
Nuestra parcela en ese camping era espectacular. Estábamos en frente de la playa, que supusimos era privada, pues todo lo que se veía llevaba el logo de una hoguera en llamas. A unos pocos metros había una puerta que daba paso a dicha playa, ya que el camping estaba vallado por completo.
Aparcamos correctamente nuestra casa y al bajar nos dimos cuenta de que los dos árboles, que tuvimos que sortear para dejar la caravana bien puesta, hacían las veces de guardias a cada lado de nuestro hogar, dándonos sombra en la parte delantera.
Por lo pronto, pudimos comprobar que sólo teníamos una caravana vecina, puesto que en frente teníamos el mar y a uno de los lados la valla.
―¡Esto es magnífico, Derah! ¿Te das cuenta de que casi estamos solas?
Yo sólo pude asentir con la cabeza. En ese momento no sabía dónde se habían ido las palabras, solamente notaba dentro de mí una sensación de libertad y alegría que había tomado espacio desde la punta de mis pies hasta el último de mis cabellos.
―Buenos días.
El saludo de un hombre, ataviado con una caja y un atuendo que no dejaba dudas de que era el técnico, nos sacó de nuestras sensaciones. En menos de media hora nos arregló todo lo necesario y nos dio algunos consejos e instrucciones, dejándonos de nuevos solas.
―¿Preparo un café?―me preguntó Joana.
―A la mierda el café. Yo me voy pitando al agua.
Sonriendo y corriendo, me dirigí a la puerta que daba a la playa. Los pasos rápidos de mi amiga detrás de mí me hicieron entender que ella también deseaba sumergirse en ese mar que te invitaba a perderte.
No nos quitamos ni la ropa. Apenas nos dio tiempo de lanzar las sandalias antes de tirarnos al agua fría y salada que nos daba la bienvenida.
Gritamos, nos echamos agua, nos sumergimos y tosimos como dos locas. Tras unos largos minutos dentro del mar, salimos en busca de nuestras sandalias y, sin preocuparnos de ensuciarnos con la arena fina y caliente, nos tumbamos en ella boca arriba.
―Esto promete―dijo Joana.
―Ya te digo―respondí yo.

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