sábado, 22 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 2)

✤ Capítulo 2. El comienzo ✤
Llegué a España a una edad muy temprana. Exactamente a los cinco años. Para mí el cambio fue brutal en todos los aspectos. Dejaba en mi país a toda mi familia, exceptuando a mis padres, así como amiguitos con los que había crecido. 

Los primeros días, quizás semanas o meses, dado que con esa edad no tenía muy claro el concepto del paso del tiempo, no fueron del todo malos. Estaba siempre con mi madre y eso no había cambiado. Como soy hija única, siempre me he entretenido en mis fantasías y en mis diversiones, sin una necesidad consciente por tener compañeros de juego en casa. He sido muy fantasiosa desde pequeña, y cuando bajábamos al parque, me daba igual jugar o no con otros niños. Mi cabeza ya estaba llena de personajes inventados que me hablaban y jugaban conmigo.
El gran problema vino cuando tuve que empezar a ir a la guardería. Mis padres me apuntaron a una muy cerca de casa. Cuando salíamos al patio tenía la suerte de poder levantar la vista y ver desde ahí a mi madre asomada en el balcón mirándome y dándome ánimos. Eso cada día. Pero claro, la hora del patio era muy corta en comparación al tiempo que pasaba encerrada en la luminosa clase. Si a eso le sumamos que estaba rodeada de niños que hablaban un idioma que yo no comprendía y que, justamente por eso, era el blanco de sus burlas, algunas realmente crueles, la verdad es que no era para nada divertido. Aunque no entendiera por aquel entonces el significado de la palabra tonta, comprendía perfectamente por sus risas y por su manera de mirarme, que cada vez que me decían tonta, no tenía que ser nada bueno.
Al segundo o tercer día, apareció en mi vida la Joana pequeña y menuda de cinco años. Cuando me cogió de la mano para llevarme al rincón donde ella también jugaba siempre sola, me dirigí desconfiada y podría decir que hasta con miedo. Recuerdo que miré por la ventana buscando a mi madre en el balcón, pero ya no era la hora del patio y ella ya no estaba asomada.
Joana, con miradas y gestos, me dijo que me sentara y me invitó a jugar con ella con una casita de muñecas llena de animalitos de plástico.
―Gato―me dijo enseñándome ese animal plastificado.
―Gatto―le dije yo en mi idioma.
Fue así como empezó nuestra amistad. Con unas simples figurillas y el intercambio de palabras en italiano y castellano. 
Poco a poco, Joana me introdujo en el ambiente de la clase y me ayudó a estar más segura de mí misma. No recuerdo a ninguna señorita ni a ningún otro compañero de ese año. Sólo logro recordar nuestros juegos compartidos, nuestras risas y nuestras miradas.
Uno de los peores momentos de mi infancia fue cerca de las Navidades de ese año. Eran las primeras que pasaba alejada de mi familia, tanto materna como paterna, y de mi país. Eso me preocupaba bastante, porque cada día que se iba acercando más la Nochebuena, me preguntaba de una manera ansiosa e inquieta si Papá Noel sabría que me había cambiado de casa y de país, y de no ser así, ¿cómo iba a traerme los regalitos ese año?
Mi mamá me decía que no me preocupara y mi papá también me intentaba tranquilizar diciéndome que Papá Noel era muy listo y sabía todos los cambios que se producían en una casa, así como conocía si un niño se había portado bien o mal ese año.
Mis preocupaciones empeoraron cuando en la guardería, alguno de los niños, empezó a decirme que ese año no iba a tener regalitos porque Papá Noel no sabía mi nueva dirección. Uno de los días mi tristeza fue tan grande que no pude remediar el ponerme a llorar desconsoladamente en un rincón de la clase, acurrucada junto al radiador caliente.
Joana, con su pelo largo y negro, sonriéndome a mí y mirando con verdadero odio a los demás niños, se me acercó.
―No te preocupes, Derah. Papá Noel lo sabe todo.
No sé explicar el porqué, pero esas cinco palabras me reconfortaron más que ningunas otras y la creí.
Entonces acercó su meñique al mío y los entrecruzamos ambos, haciendo una extraña promesa silenciosa.
El día de Navidad, cuando me desperté, fui corriendo al salón de mi casa y me encontré con un puesto de mercado de frutas y verduras. 
―¡Mamma! ¡Papà! ¡Babbo Natale è venuto!―repitiendo estas palabras, como para convencerme a mí misma de que sí, de que Papá Noel había venido a mi nueva casa, tan lejos de la otra, empecé a poner los precios a los maravillosos tomates de plástico reluciente, a los melocotones impresionantemente perfectos, a las cerezas, a las manzanas…
Le pedí a mi mamá que llamáramos a Joana por teléfono para poder decírselo y contarle, en nuestro peculiar idioma, que ella tenía razón, que no me había fallado y, de alguna manera, yo me prometí a mí misma no defraudarla nunca, aunque por aquel entonces no conocía ni la palabra defraudar. Pero sí recuerdo que eso es lo que pensé, si bien no supiera cómo llamarlo.
Ese fue el comienzo. Luego vinieron muchas más situaciones durante todo el curso, pero todas fueron a mejor.
Joana y yo inventamos un idioma. Era una mezcla de palabras en castellano e italiano, pero usadas de forma que fuese casi imposible entendernos. Yo poco a poco también fui absorbiendo el idioma del país que ahora era mi casa y ya lo comprendía todo.
El hecho fue que, sin saber cómo ni en qué momento exacto, esas dos pequeñas niñas que siempre jugaban apartadas y hablando raro, empezaron a ser de alguna manera importantes. Con los años, si me pongo a pensar, supongo que el hecho de ver lo bien que lo pasábamos con nuestras rarezas, hizo que a alguno de los compañeros que antes nos rehuían o se burlaban, les resultaran interesantes nuestros juegos.
Sin darnos cuenta, empezamos a ser el centro de atención de alguno de ellos y poco a poco se fueron acercando para poder formar parte de nuestro círculo de dos. 
Al final de ese curso Joana y yo éramos las líderes de la clase. Con cinco años quizás no se es consciente de ello, pero fue la primera victoria silenciosa de nuestra amistad de cara al mundo. Todavía hoy, a veces cuando la miro, veo en ella esa pecosa niña morena de cinco años, y si me miro yo al espejo, también reconozco a esa italianita miedosa e insegura que intenta demostrar todo lo contrario a los demás.
Y ahora, en la carretera y con la música que queda en segundo plano bajo nuestras estridentes y desentonadas voces cantando la canción de turno, me pregunto qué aventura nos tocará vivir para encontrar ese algo que quizás perdimos hace más de veinte años en la esquina del radiador de la clase de “Las amapolas D”.


AMAZON: https://www.amazon.es/Vaciando-mochilas-llenando-almas-Lafant-ebook/dp/B00JZYYW74/ref=sr_1_5?s=books&ie=UTF8&qid=1500631068&sr=1-5

No hay comentarios:

Publicar un comentario