viernes, 21 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (Capítulo 1)

✤ Capítulo 1. La promesa ✤
―¡Mamma mía, Joana! Tu hermano esta vez no se ha andado con tonterías. ¡Menuda choza con ruedas!
―¿Has visto? Y es toda nuestra durante una semana. ¿Preparada?
Más que preparada, estaba entusiasmada. Hacía ya unos meses que mi amiga y yo habíamos programado este viaje. Lo hicimos una noche a la luz de la luna, sentadas en nuestro balcón, sin más preocupaciones que acabarnos la botella de vino espumoso que de vez en cuando tomábamos juntas mientras charlábamos de nuestras cosas.
Esa noche en concreto, tras haber decidido sin darnos ni cuenta que la conversación banal había acabado, nos quedamos en silencio mirando las estrellas y absortas cada una en sus propios pensamientos.
El momento se vio interrumpido, como otros muchos, cuando una de las dos, de repente, pronunció en voz alta lo que estaba pensando.
―Me falta algo, Derah. No sé qué es, pero me falta.
En un primer momento no supe qué responder y seguí en silencio. Tras beber unos cuantos sorbos más, por fin hablé.
―A mí también.
De nuevo el sonido del silencio que nos rodeaba volvió a envolvernos, pero de alguna manera ambas sabíamos que habíamos entreabierto una puerta que antes o después tendríamos que abrir del todo para encontrar ese algo que nos faltaba.
Pero no fue esa noche. Aunque parezca mentira, nuestras conversaciones sobre los sentimientos más profundos podían durar días, puesto que se iban alternando con otras menos cruciales o simplemente se veían pospuestas para otros momentos. Fue al cabo de unos días, sentadas ante un desayuno repleto de pastas, café y cigarros, cuando por fin decidimos abrir esa puerta.
―Es como si necesitara hacer un cambio. Pero no uno de esos simples y superficiales, sino uno de los grandes.
―De los de dentro hacia fuera.
―Sí. De esos.
―Hagámoslo.
Las pastas y el café tomaron el relevo durante un rato.
―¿Cómo?―pregunté.
―Vámonos de aquí. Viajemos en su busca.
―Sí… ¿pero cómo?―volví a preguntar.
―¿Cómo te gustaría viajar?
―Ya lo sabes―respondí desviando mi mirada hacia la calle―. En tren.
―Pero eso cuesta demasiado dinero, Derah, y no es justamente lo que nosotras tenemos.
―Ya lo sé, Joana, pero TODO cuesta dinero―respondí haciendo hincapié en esa palabra.
―Tengo una idea, aunque no sé si será factible.
La idea era bastante simple, pero necesitábamos un gran apoyo y, bajo mi punto de vista, mucha cara dura. Mi amiga Joana tiene un hermano que vende coches nuevos y de segunda mano. A ella se le había ocurrido pedirle prestada una pequeña caravana para poder irnos de viaje. En un principio yo pensé que ni de coña iba a dejarnos uno de sus vehículos para poder alejarnos y buscar ese algo indefinido. Pero para mi sorpresa, no sólo nos dijo que sí, sino que también nos ofreció algo mucho más imponente que una simple caravana.
Y ahí estábamos las dos. Delante de una de las impresionantemente grandes, metiendo maletas y llenándolo todo de ilusiones y esperanzas.
―Nos ha llenado el depósito y todo―me informó Joana.
―No sé qué decir, nena, esto es más de lo que habíamos pedido…
―Mi hermano es único. Siempre te lo he dicho. No entiendo porqué no quieres tener nada con él. Él lo está deseando. De hecho, creo que todo esto se debe justamente a que espera que así veas lo mucho que te quiere.
―Lo sé.
Antonio, el hermano de Joana, siempre ha estado muy presente en mi vida y, justamente por eso, yo soy incapaz de verlo como pareja. Para mí es como un hermano. Hace unos años tuvimos unos tonteos, pero terminaron pronto, pues me fue imposible perderlo como hermano para ganarlo como pareja. Difícil de explicar, y más difícil aún de entender. Pero si soy un poco sincera conmigo misma, sólo un poco y sin escarbar muy hondo, la verdad es que me resulta atractivo como hombre. Alto, moreno de piel y de cabellera, ojos negros como la noche…
―¿Qué llevas aquí, bambina? ¡Esta maleta pesa una tonelada!
La risa de mi amiga, mientras subía a la parte de atrás mi maleta, me sacó de mis pensamientos hacia su hermano.
―Nada. Cuatro cositas de nada―respondí guiñando un ojo.
Cuando finalmente acabamos de poner todas nuestras cosas dentro de la caravana, decidimos fumarnos un cigarro antes de ponernos en marcha. Estábamos solas en la calle, pues apenas eran las cinco de la madrugada. Ese verano hacía mucho calor y por eso tomamos la decisión de empezar nuestra aventura con el fresco de las primeras horas del día.
―¿Conduzco yo?―me preguntó mi amiga.
Asentí con la cabeza a la vez que apagaba la colilla con la punta de mi sandalia. Por una fracción de segundo, pensé que no sólo estaba apagando el cigarro, sino que además estaba apagando una parte de mi vida. Ese pensamiento me hizo poner más énfasis al momento.
―¿Subes o me marcho sin ti?
―¿Y dónde irías tú sin mí?―respondí subiéndome de un salto en el asiento del copiloto.
Nos pusimos el cinturón de seguridad las dos a la vez, y mientras Joana ponía en marcha nuestro hogar con ruedas, yo saqué del bolsillo de mis pantalones cortos una cinta roja y me puse a anudarla en el espejo retrovisor.
―¿Supersticiones italianas?
―Sí―aseguré riendo.
El motor rugió suavemente prometiéndonos una aventura indefinida. Ambas nos miramos sonriendo, y sin hacer falta decir nada, cruzamos nuestros dedos meñiques.
―Prometo no fallarte―dijo Joana.
―Prometo no defraudarte―dije yo.
Era nuestro lema desde que éramos pequeñas y siempre lo habíamos cumplido pasara lo que pasara.
―¿En marcha?
―En marcha.
La luz del amanecer dio órdenes mudas a las farolas que poco a poco fueron apagándose, mientras la música nos envolvía llenando de sueños y expectativas nuestra vida.


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